sábado, 28 de febrero de 2026

EL AMIGO Y EL AMADO (IX): LA PRESENCIA INTERIOR


    “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial (…) Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt. 5,44.48).


    La doctrina de la gracia santificante nos introduce en un misterio inmenso: Dios no solo nos ama desde fuera, sino que viene a habitar en el alma. Se llama “gracia creada” al don de Dios que nos transforma; pero la “gracia increada” es Él mismo, la Trinidad Santísima, que toma posesión amorosa de nuestro interior. No somos simplemente criaturas visitadas de vez en cuando por el Señor: somos templos vivos, morada suya, cielo anticipado en la tierra, donde Él quiere conversar, amar y ser amado.


    Desde esta verdad se entiende mejor el mandato del Sermón de la Montaña. Jesús no nos pide amar a los enemigos como un simple esfuerzo moral, sino como consecuencia de una filiación real: “para que seáis hijos de vuestro Padre”. Si el Padre es perfecto en el Amor, y ese Padre habita en nosotros, su misma caridad quiere desplegarse desde dentro. Amar al enemigo no es, en el fondo, otra cosa que dejar actuar al Amor que ya vive en el alma. La perfección cristiana no consiste en una mera ausencia de defectos, sino en participar del modo de amar de Dios.


    Ramón Llull lo expresó con hondura: “Vino el Amado a hospedarse en casa de su Amigo, y el mayordomo le pidió la paga del hospedaje; mas díjole el Amigo que su Amado debía ser acogido graciosamente, y aun con donativo, porque mucho tiempo ha que el Amado pagó el precio de todos los hombres” (103). El Amado viene a hospedarse en casa de su Amigo: viene a habitar en su alma. Es la imagen transparente de la inhabitación de la Trinidad en el interior del justo. Pero aparece el mayordomo, figura de ese yo interesado que pretende sacar provecho incluso de la visita de Dios, que busca consuelos, méritos o seguridades. Y, sin embargo, el Amigo recuerda que el Amado ya ha pagado el precio de todos; no se le puede tratar como deudor ni convertir su presencia en negocio espiritual. Acogerlo “graciosamente” es dejarle ser Señor en la casa, sin condiciones, sin exigencias, sin cuentas.


    Así se unen la mística de la inhabitación y la exigencia evangélica. Cuanto más consciente soy de que Dios vive en mí, más dejo que su sol —que brilla sobre buenos y malos— ilumine también mis afectos desordenados. La perfección a la que Jesús me llama no es otra que dejar que el Amor del Padre, presente en mi alma, se derrame sin fronteras.


    Señor Jesús, Huésped de mi alma, enséñame a acogerte con gratitud y a dejar que tu Amor, que vive en mí, ame en mí incluso a quienes me cuesta amar. Hazme perfecto en el amor, como tu Padre. Amén.

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