martes, 3 de febrero de 2026

MEDITANDO UN CUADRO


    Como ilustración de mi entrada de ayer, quise utilizar un cuadro de Ludovico Carracci (1555-1619), titulado La presentación del Niño en el Templo, perteneciente al Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, aunque se encuentra depositado en el Museu Nacional d’Art de Catalunya. Este cuadro me ha impresionado profundamente y gana mucho con una contemplación detenida y larga. Como los iconos orientales, que más que mirarlos son ellos quienes nos miran —ventanas que se abren al misterio de Dios—, esta pintura nos invita a guardar silencio y a orar. No busca deslumbrar ni conmover de manera inmediata; no hay gestos exagerados ni dramatismo, como sería lo propio del barroco, ni tampoco es emoción fácil que se pasa pronto.


    La escena transcurre sobre unas gradas. María asciende al Templo llevando al Niño. Es el gesto humilde de una madre obediente a la Ley. Pero lo que el pintor deja entrever es mucho más hondo: mientras la humanidad sube hacia Dios, es Dios mismo quien ha comenzado a bajar hacia nosotros en ese Niño sostenido con infinita delicadeza por María. Nada es violento en el cuadro. La Virgen no retiene; Simeón no arrebata, sino respetuosamente acoge. El Niño no se resiste. Todo es consentimiento, como si el mundo entero dijera “sí” sin pronunciar palabra.


    Entre María y José, casi escondidas, aparecen las dos blancas palomas de la ofrenda de los pobres. No ocupan el centro ni reclaman atención, pero hablan también con una elocuencia silenciosa. Dios ha querido entrar en nuestra historia desde la pequeñez, no desde el poder; desde la pobreza, no desde la riqueza. Y detrás de ellos avanza otra madre que lleva también a su hijo en brazos. María y José son unos padres más entre el pueblo.


    Y está Ana, que si no fuera por carecer de barba, pensaríamos que es un personaje masculino. El rostro surcado de arrugas, sin concesiones a la belleza, lleva impreso el peso de los años. Sin embargo, es ella quien proclama la novedad. En la lápida que sostiene con su mano aparecen, con algunas abreviaturas, unas palabras latinas que anuncian el destino del Niño: “Este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten”. La ancianidad es sabiduría y por eso reconoce lo eterno antes que nadie. Sostiene la inscripción como quien certifica que todo esto forma ya parte del verdadero Templo. Es algo eterno e inmutable. Por eso ha quedado esculpido en mármol.


    Nada aquí pretende impresionar; todo invita a quedarse y a mirar. Quizá por eso esta pintura no se entrega al primer golpe de vista. Pide tiempo, pide una mirada sin prisas, una atención capaz de dejarse alcanzar lentamente por lo que se contempla. Porque también nuestra vida es, de algún modo, una presentación, y llega un momento en que comprendemos que nada nos pertenece del todo, que todo está llamado a ser ofrecido. Contemplar este cuadro es aprender sin palabras que la verdadera entrega no es ruidosa: es serena, es confiada, es luminosa, incluso cuando pasa desapercibida. Por eso, tal vez, las lágrimas que asoman ante una imagen así no sean solo de emoción estética, sino que nazcan de un lugar más profundo del alma en que Dios sigue saliendo a nuestro encuentro.




No hay comentarios:

Publicar un comentario