lunes, 2 de febrero de 2026

LA IMPORTANCIA DE OFRECER


    “Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con Él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: ‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’” (Lc. 2,27-32).


    Hoy celebramos la fiesta de la Presentación del Señor. Contemplamos cómo María y José suben al Templo para ofrecer a su Hijo al Señor. Lo presentan, lo entregan confiadamente, y lo hacen con la ofrenda humilde de los pobres, dos palomas, como señal del rescate de su vida. Este gesto sencillo proclama una verdad decisiva: el Hijo no les pertenece del todo, pertenece plenamente a Dios, su Creador. Y lo mismo ocurre con nosotros. También nuestras vidas pertenecen al Señor, porque la vida no es una posesión absoluta, sino un don recibido. Por eso estamos llamados a vivir en actitud oblativa, ofreciendo al Señor nuestras personas, lo que somos y lo que tenemos, nuestros afectos, nuestros intereses, nuestras obras, la vida entera, y también la muerte. Todo es suyo, y libremente queremos convertirlo en regalo, en ofrenda consciente y amorosa.


    El anciano Simeón no se conforma con mirar al Niño a distancia. Lo acoge en sus brazos, lo toma con sus propias manos, y María se lo cede. En ese gesto se concentra una experiencia de fe profunda. También nosotros, en cada Eucaristía, podemos tomar al Señor, recibirlo, tenerlo con nosotros. Y entonces brota la acción de gracias y la palabra confiada: ahora puedes dejarme ir en paz, Señor. Tenerle con nosotros cada día nos permite vivir ya en su paz: caminar sostenidos por la serenidad, la confianza, el abandono y la fortaleza de saberse siempre en sus manos. Exactamente como Él ha querido ponerse antes también en las nuestras.


    Señor Jesús, hoy quiero presentarme ante ti como María y José presentaron a su Hijo. Recibe mi vida tal como es, con su pobreza y su verdad, con lo que comprendo y con lo que todavía no entiendo. Todo es tuyo: lo que soy, lo que tengo, lo que amo, lo que hago y lo que me cuesta entregar. Enséñame a vivir en actitud oblativa, a ofrecerte cada día mi persona, mis obras, mis afectos y mis límites, sin reservas ni temores. Quédate conmigo, sostén mi vida en tus manos y concédeme vivir ya en tu paz, con serenidad, confianza, abandono y fortaleza, hasta el día en que quieras llamarme definitivamente a ti. Amén.

No hay comentarios:

Publicar un comentario