viernes, 27 de febrero de 2026

EL AMIGO Y EL AMADO (VIII): EL ÁRBOL DE LA VIDA


    “Si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda” (Mt. 5,23-24).


    Ayer celebré la Eucaristía en la parroquia del pueblo en que vivo. La misa se ofreció por un hermano difunto de la Hermandad Sacramental, una hermandad que no rinde culto a ninguna imagen, sino exclusivamente al Santísimo Sacramento del altar. Contrariamente a lo que algunos podrían imaginar en un pueblo andaluz, esta Hermandad es la que cuenta con mayor número de hermanos en la localidad y la que goza de mayor devoción popular.


    Al terminar, y en los locales propios de la misma corporación, tuve una charla de formación que imparto mensualmente a los feligreses desde hace tres cursos. Al llegar a casa, de noche, sentía una íntima admiración: qué misteriosa fuerza tiene la Eucaristía para reunir, sostener y alimentar una comunidad fraterna concreta, con rostros, nombres y centenaria historia compartida. Eso sí, la Eucaristía reúne, pero solo la reconciliación conserva unida a la comunidad.


    El Evangelio de la misa de hoy resuena con especial intensidad. Jesús, refiriéndose a las ofrendas presentadas en el Templo de Jerusalén, sitúa la reconciliación por encima del rito. Antes de acercarnos al altar, el corazón debe estar en paz con el hermano. Hace falta generosidad para perdonar, y humildad para pedir perdón y recibirlo. Sin esa purificación interior, el culto queda vacío y manchado. La Eucaristía no puede desligarse del amor fraterno. No es un refugio que nos aparte de los demás, sino la escuela donde aprendemos a vivir como hermanos.


    He recordado entonces un pensamiento del Libro del Amigo y del Amado: “Compró el Amado al Amigo un huerto en donde criase sus amores. Rególe el Amado con sudor y con cinco ríos, que eran más dulces que cualquier otra cosa, por suave que sea; le hizo fertilísimo, y en medio de aquel huerto plantó un bello árbol, cuyo fruto sanaba todas las enfermedades” (nº 239).


    El Amado riega primero con su sudor: es su trabajo oculto en Nazaret, su fatiga apostólica, su vida gastada por amor. Nada en ese huerto nace sin el esfuerzo amoroso de Cristo. Y después lo riega con cinco ríos: las cinco llagas recibidas en el Calvario, abiertas en la Cruz. Estos ríos son más dulces que cualquier otra cosa, porque son ríos de redención. El huerto es la Iglesia. Y en medio de él se alza el Árbol de la Vida, como en el paraíso del Génesis: la Cruz. El fruto que produce sana todas las enfermedades, porque es Cristo mismo, ofrecido en la Eucaristía.


    El que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn. 6,51). Pero no podemos acercarnos a ese fruto manteniendo cerrado el corazón. El mismo Cristo se nos da. Y es Él quien nos impulsa a reconciliarnos, a superar las divisiones, a vivir en una fraternidad real. El altar y el hermano están, por tanto, inseparablemente unidos.


    Señor Jesús, que al acercarnos a tu altar nunca olvidemos que el camino hacia ti pasa por el hermano; que tu sudor y tus llagas fecunden también nuestro corazón, para que el fruto del Árbol de la Vida sane nuestras heridas y nos haga vivir en verdadera caridad. Amén.

No hay comentarios:

Publicar un comentario