martes, 10 de febrero de 2026

DICHOS DE LUZ (II): CONVERSIÓN DE LA VOLUNTAD


    “El camino de la vida, de muy poco bullicio y negociación es, y más requiere mortificación de la voluntad que mucho saber” (San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 57)


    Cuando San Juan de la Cruz habla del “camino de la vida”, se refiere al camino que conduce a la vida en Dios. Y afirma que es un camino de “muy poco bullicio y negociación”. Dos palabras que describen con gran precisión algunos de los obstáculos más frecuentes del alma.


    El “bullicio” es el ruido interior en el que muchas veces vivimos: pensamientos que se atropellan, preocupaciones constantes, prisas que nos impiden recogernos. Es ese corazón siempre ocupado que no encuentra espacio para Dios. El alma bulliciosa quiere estar en todo, atenderlo todo, resolverlo todo… y acaba perdiendo hondura. Mucha actividad exterior puede convivir con una gran dispersión interior.


    La “negociación” es aún más sutil. Aparece cuando, en lugar de acoger con sencillez lo que Dios nos pide, empezamos a poner condiciones: “haré esto, pero más adelante”; “perdonaré, pero no olvidaré”; “seguiré al Señor, pero sin renunciar a aquello”… No es una negativa abierta, pero tampoco es una entrega verdadera. Es intentar ajustar la voluntad de Dios a la propia medida.


    Por eso el santo añade que este camino “más requiere mortificación de la voluntad que mucho saber”. El problema casi nunca es la falta de luz. Con frecuencia sabemos lo que es bueno, intuimos el paso que deberíamos dar, reconocemos lo que habría que dejar… pero la voluntad se resiste. Aquí resuena también la advertencia del evangelio de hoy: “dejáis a un lado el mandamiento de Dios y os aferráis a tradiciones humanas” (Mc 7,8). Se puede cuidar mucho lo exterior, las costumbres y las prácticas, y sin embargo mantener el corazón lejos de Dios. No basta con saber qué es lo correcto; es necesario quererlo de verdad.


    Mortificar la voluntad no es endurecer la vida ni apagar el deseo, sino orientarlo hacia el amor verdadero. Es aprender a no preguntarnos siempre “¿qué me apetece?”, sino “¿qué quiere Dios de mí?”. Cuando el alma da ese paso, algo se pacifica por dentro: deja de dividirse, cesa la negociación interior y comienza a caminar con una libertad nueva.


    Pidámosle hoy al Señor un corazón dócil, capaz no solo de reconocer el bien, sino de elegirlo. Porque la vida espiritual no crece cuando acumulamos más ideas brillantes e intuiciones geniales, sino cuando, poco a poco, aprendemos a querer lo que Dios quiere.


    Señor Jesús, haz nuestro corazón sencillo y dócil; líbranos del bullicio que nos dispersa y de las negociaciones con las que intentamos protegerernos. Enséñanos a reconocer el bien y a elegirlo, a unir nuestra voluntad a la tuya y a caminar así en la libertad de quienes aman de verdad. Amén.

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