“Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa” (Mateo 5, 13-16).
Las imágenes que hoy nos regala el Evangelio son de una sencillez admirable: la sal y la luz. Dos realidades humildes pero absolutamente necesarias. La sal no está hecha para mostrarse, sino para dar sabor haciéndose invisible. La luz no existe para sí misma, sino para iluminar realidades, tanto materiales como interiores. Ambas existen para los demás.
El Señor no nos pide ser extraordinarios, sino ser verdaderos. Una pequeña cantidad de sal basta para transformar un alimento; una sola lámpara puede romper la oscuridad de toda una estancia. Así es también la vida cristiana cuando está llena de Dios: no necesita imponerse ni hacer ruido, simplemente irradia. Sin embargo, la advertencia es seria. La sal puede volverse sosa; la lámpara puede quedar escondida. También la fe puede perder vigor cuando se acomoda, cuando se diluye en la rutina o cuando se oculta. Entonces la vida cristiana se vuelve insípida y la luz parece apagarse.
Precisamente con este deseo vamos a comenzar mañana, si Dios quiere, una pequeña serie de meditaciones apoyadas en algunos pensamientos de San Juan de la Cruz (1542-1591), tomados de sus Dichos de luz y amor. Si el Evangelio nos habla hoy de la luz que está llamada a alumbrar, queremos dejarnos guiarnos durante unos días por estos “dichos de luz” que nacen de un alma profundamente unida a Dios. Espero que les gustarán y les serán de provecho.
Señor Jesús, que nos has llamado a ser sal de la tierra y luz del mundo, aviva en nosotros la fe para que no se vuelva sosa ni se oculte entre las sombras de la rutina. Concédenos un corazón sencillo y fiel, capaz de dar sabor con discreción y de iluminar sin buscarse a sí mismo. Que nuestra vida, sostenida por tu gracia, refleje tu luz y ayude a otros a encontrarte. Amén.
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