martes, 24 de febrero de 2026

EL AMIGO Y EL AMADO (IV): DOS CAMINOS, UN AMOR


    Dentro de la gran obra Blanquerna de Ramón Llull, unos ermitaños piden a Blanquerna breves sentencias que les ayuden a aumentar su devoción y a levantar el entendimiento hasta la contemplación. Y Blanquerna redactó estos textos “para multiplicar el fervor y la devoción de los ermitaños a los que deseaba enamorar de Dios. Por eso los aforismos del Libro del amigo y del Amado no siempre se comprenden a la primera lectura. No están escritos para ser leídos con prisa, sino para ser meditados, para elevar el alma a la contemplación.


    El aforismo 310 es uno de esos textos que exigen detenerse: “Quejábase el Amigo a su Señor de su Amado, y a su Amado de su Señor, y su Señor y su Amado decían: ‘¿Quién nos divide a nosotros, que somos una cosa misma?’. — Respondía el Amigo: ‘La piedad del Señor y la tribulación, que viene por el Amado.’”


    El Señor es el Padre. El Amado es el Hijo. El Amigo es el alma contemplativa. El texto comienza con una queja, con una aparente tensión. El Amigo se dirige al Señor y al Amado como si percibiera algo distinto en uno y en otro. Pero inmediatamente ambos responden con una sola voz, “¿Quién nos divide a nosotros, que somos una cosa misma?”. No hay división en Dios. Padre e Hijo son un solo y único Dios verdadero.


    La clave interpretativa está en la última frase, en la que el propio Amigo reconoce, “La piedad del Señor y la tribulación, que viene por el Amado.” De ahí se deduce una cierta experiencia interior. Por una parte, la piedad del Señor, es decir, la misericordia del Padre, el consuelo que viene de Él. Por otra, la tribulación que viene por el Amado, la cruz que Cristo invita a tomar en su seguimiento, el sufrimiento asumido por amor. Para el místico: misericordia y padecimiento, dulzura y herida.


    Lo que parece división es solo la experiencia humana de dos modos distintos de un mismo y único Amor. No son dos dioses, no son dos voluntades enfrentadas. Es el mismo Dios quien consuela y purifica, quien sostiene y fortalece, quien acaricia y conduce por el camino de la cruz. Precisamente el evangelio de la misa de hoy (Mt 6,7-15) nos enseña a llamar Padre a Dios. Ese Padre -que sabe lo que necesitamos antes, incluso, de que se lo pidamos- es el mismo que, por su Hijo, nos introduce en el misterio del seguimiento. La piedad del Señor (Padre) y la tribulación del Amado no se oponen. Son dos caminos que nacen del mismo Amor y que nos conducen al mismo Dios.

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