miércoles, 25 de febrero de 2026

EL AMIGO Y EL AMADO (VI): MORIR AL ALBA


    “Esta generación es una generación malvada; pide un signo; y no se le dará más signo que el signo de Jonás. Porque, como Jonás fue signo para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación” (Lc 11,29-30).


    En el Evangelio de hoy, Jesús responde a quienes le piden una señal especial para creer. Esperan algo llamativo, algo extraordinario que los convenza. Pero Él les dice con claridad que solo habrá un signo: el de Jonás. Y explica en qué consiste. Así como Jonás permaneció tres días en el vientre del cetáceo, así el Hijo del hombre permanecerá tres días en el seno de la tierra antes de resucitar. El signo de Jonás es, por tanto, la Cruz y la Resurrección de Jesús. No se trata de un prodigio añadido, sino de su propia Pascua.


    El Señor no promete un espectáculo para impresionar. Señala un hecho muy concreto: su muerte y su vida nueva. Quien quiera comprender quién es Él tendrá que mirar ahí. La Cruz de Jesús no es un fracaso; forma parte del signo. Y la Resurrección de Jesús no es algo separado, sino la confirmación de que su entrega no termina en la muerte. Cruz y Resurrección forman un único camino que pasa por la muerte y conduce a la Vida.


    Ramón Llull lo expresó con una imagen muy bella en el aforismo 25 del Libro del Amigo y del Amado: “Cantaban los pájaros al alba, y despertóse el Amigo, que es alba; y los pájaros acabaron su canto, y el Amigo murió en el alba por su Amado”.


    Cuando amanece, los pájaros empiezan a cantar. Ese canto anuncia que la noche ha terminado y comienza el día. Con ese canto se despierta el Amigo. El texto dice que el Amigo “es alba”, es decir, que participa de esa luz que nace. Y añade algo muy importante: el Amigo muere en el alba por su Amado. En el lenguaje de Llull, el Amigo es el alma enamorada y el Amado es Dios. La enseñanza es sencilla: el alma que despierta a la luz de Dios está dispuesta a amar hasta el final, a darse del todo, incluso a entregar la vida.


    Jesús no dará otro signo porque no existe uno mayor. La Cruz y la Resurrección de Jesús son el signo definitivo de Dios. Ahí se nos muestra hasta dónde llega su amor. Ese es el signo de Jonás. A nosotros nos toca reconocerlo y creer que el amor de Dios es más fuerte que la muerte.

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