“La sabiduría entra por el amor, silencio y mortificación. Grande sabiduría es saber callar y no mirar dichos ni hechos ni vidas ajenas.” (San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 108).
San Juan de la Cruz nos abre la puerta de entrada a una sabiduría distinta de la que el mundo suele buscar. No se trata de acumular conocimientos ni de multiplicar palabras, sino de aprender a vivir desde un corazón que ama, que sabe callar y que acepta ser purificado. Porque hay verdades que solo se comprenden en el silencio. El amor dispone el alma, el silencio la recoge y ese vaciamiento interior de palabras, de juicios, de curiosidades innecesarias, la hace capaz de acoger a Dios. Allí donde todo se aquieta, comienza a nacer una comprensión más profunda, que no procede tanto del esfuerzo como de la escucha.
El evangelio de hoy nos presenta a Jesús enviando a los setenta y dos discípulos en misión. Antes de hablar, han de aprender a depender; antes de anunciar, han de aceptar su propia pobreza; antes de proclamar que el Reino ha llegado, han de caminar ligeros, sin bolsa ni alforja. También aquí se revela una sabiduría escondida: el apóstol no es un hombre lleno de palabras propias, sino un corazón disponible que lleva la paz. Solo quien ha aprendido en la escuela del amor y el silencio, puede pronunciar con verdad esa primera palabra fundamental: “Paz a esta casa”. Porque el silencio, como vemos, no es lo contrario de la misión: es su raíz más honda.
En este sábado, la Iglesia vuelve la mirada hacia la Santísima Virgen María. Lo que vemos en los discípulos enviados, lo contemplamos realizado en plenitud en María. Ella, Sede de la Sabiduría, acogió la Palabra en el silencio de su Corazón Inmaculado antes de entregarla al mundo. Su vida nos enseña que la verdadera fecundidad apostólica nace de una escucha humilde y amorosa. María no necesitó muchas palabras: su silencio estaba lleno de fe, de atención y de disponibilidad. Y por eso pudo llevar a Cristo a los demás, incluso sin discursos, solo con su presencia.
Santísima Virgen María, Madre de Dios y Sede de la Sabiduría, enséñanos a amar el silencio interior, a custodiar el corazón y a llevar a Jesús a los demás con palabras nacidas de la escucha y del amor. Así sea.
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