“A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición.” (San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, n.º 59).
San Juan de la Cruz, en este dicho, nos conduce al criterio último de toda existencia cristiana. No es una frase escrita para inquietar, sino para simplificar la vida. Y conviene subrayar algo: esa “tarde” no es principalmente el final de un día, sino el atardecer definitivo, el ocaso de la vida, cuando se cierre nuestra historia y comparezcamos ante Dios. Entonces, cuando todo se haya despojado de su apariencia, solo quedará una pregunta decisiva: cuánto hemos amado. No cuánto hemos sabido, ni cuánto hemos poseído, ni siquiera cuánto hemos realizado, sino cuánto amor verdadero ha pasado por nuestro corazón.
En el evangelio de la misa de hoy, Jesús se detiene ante un hombre sordo y casi mudo. Lo aparta de la gente, lo toca, suspira y pronuncia aquella palabra tan sencilla y tan poderosa: “Effetá”, es decir, “ábrete” (Mc 7,34). “Amar como Dios quiere ser amado” es, en el fondo, dejar que también a nosotros se nos diga esa palabra. Ábrete. Ábrete al amor que viene de lo alto y ábrete al hermano que espera. Porque muchas veces nuestro corazón está como cerrado, protegido, ensimismado... Oímos poco y hablamos peor. Nos cuesta escuchar de verdad, nos cuesta pronunciar palabras que construyan. El amor verdadero comienza cuando el Señor abre nuestros oídos y desata nuestra lengua para que podamos escuchar y bendecir.
“Deja tu condición”, añade el santo. Es una invitación a salir del estrecho círculo del propio interés. Mientras todo gira en torno a nosotros, el amor permanece pequeño. Pero cuando el corazón se deja tocar por Cristo, cuando acepta ser transformado, empieza a ensancharse. Amar no es, ante todo, sentir; es escuchar con paciencia, comprender sin juzgar, servir sin hacer ruido, permanecer fiel cuando otros dudan. Son gestos humildes, pero en ellos se va configurando el corazón que un día será examinado en esa “tarde” definitiva de la que habla el santo.
El evangelio concluye diciendo: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7,37). Ese podría ser también nuestro deseo más hondo: que, al final, nuestra vida haya sido una pequeña participación en ese “bien” que Cristo realiza, un eco de su amor que hace oír a los sordos y hablar a los mudos.
Señor Jesús, pronuncia también sobre nosotros tu “effetá”. Ábrenos al amor verdadero, ensancha nuestros corazones y concédenos vivir de tal modo que, cuando llegue nuestra “tarde”, podamos presentarnos ante ti con la humilde alegría de haber intentado amar. Amén.
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