“Considerad, hermanos míos, un gran gozo cuando os veáis rodeados de toda clase de pruebas, sabiendo que la autenticidad de vuestra fe produce paciencia; pero que la paciencia lleve consigo una obra perfecta para que seáis perfectos e íntegros, sin ninguna deficiencia. Y si alguno de vosotros carece de sabiduría, pídasela a Dios, que da a todos generosamente y sin reproche alguno, y Él se la concederá” (Sant. 1,2-5).
La Palabra de Dios nos invita hoy a pedir sabiduría. No cualquier inteligencia práctica, no la astucia que sabe adaptarse a los tiempos, sino esa sabiduría que viene de lo alto y que permite llamar al bien, bien, y al mal, mal. Porque uno de los mayores peligros de nuestro tiempo es que, lo que es un mal en sí, termina siendo presentado como progreso, como conquista irrenunciable, como derecho sagrado e indiscutible. Entonces el alma se desorienta porque se celebra lo que nos empobrece, se defiende lo que nos degrada y se aplaude lo que nos condena. Y quien se atreve a disentir puede ser condenado por odiador, considerado insensible o falto de misericordia. Por eso el apóstol Santiago no nos promete un camino cómodo, sino pruebas que purifican la fe y la vuelven paciente y fuerte. La sabiduría auténtica no nace del aplauso social, sino de una fe probada en el crisol del sufrimiento.
Estamos a las puertas de la Cuaresma. Mientras muchos viven en carnaval días de desenfreno, con la filosofía tácita de que la vida es breve y hay que disfrutarla, la Palabra de Dios y la doctrina de los santos nos conducen más bien hacia la noche. No una noche amarga, sino la noche luminosa de la fe. Estos días pasados ya estuve leyendo a San Juan de la Cruz. He comenzado ahora, desde el principio, con la Subida al Monte Carmelo, que creo que va a constituir mi lectura principal durante toda la Cuaresma y más allá. Nuestro santo doctor lo explica todo con una claridad cristalina: para unirse con Dios es necesario el desengaño de lo que no es Dios. Es preciso apagar los fuegos artificiales que deslumbran, pero no alumbran; aceptar el vaciamiento de aquello que entretiene, pero no salva; entrar en la noche donde también se apagan los ruidos y comienza la verdad. Esa noche no es negación de la vida, sino su purificación. No es tristeza, sino un paso hacia una alegría más honda, menos frágil.
Pedir sabiduría en estos días significa pedir la gracia de no confundir el brillo con la luz y el ruido con la plenitud. Significa aceptar que la fe sea probada, que la paciencia haga su obra perfecta, que la renuncia nos abra a una libertad más limpia y verdadera. La Cuaresma es ese camino interior donde deberemos aprender que no todo lo que se ofrece como progreso nos hace crecer y que solo Dios puede llenar el corazón sin dejar resaca de tristeza.
Señor, danos la sabiduría que viene de ti, la sabiduría de tu Palabra, la sabiduría de tus santos. Danos la valentía para entrar en esa noche digna de ser amada y danos también paciencia y esperanza para aguardar tu Luz, que un día será nuestro hogar. Amén.
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