miércoles, 18 de febrero de 2026

TIEMPO DE DESPERTAR


“Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte,

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando” 

(Jorge Manrique, Coplas a la muerte de su padre).


    Hoy la Iglesia traza sobre nuestra frente una cruz de ceniza y, de algún modo, vuelve a susurrarnos estos mismos versos. “Recuerde el alma dormida…” La Cuaresma comienza como una llamada a la memoria, como una invitación a abrir los ojos ante el misterio del tiempo. Un tiempo que se nos escapa de entre las manos. No es un rito repetido por costumbre, ni un gesto dramático vacío de sentido; es una sacudida suave pero firme. La ceniza no humilla: trata de despertarnos. Nos recuerda que la vida pasa “tan callando”, que el tiempo no es infinito ni nos pertenece, que se nos ha dado para algo muy concreto: para obrar nuestra salvación.


    Avive el seso…” La Cuaresma es también inteligencia espiritual. Es comprender que el pecado de Adán no es solo un relato antiguo, una página del Génesis, sino una inclinación que sigue viva en nosotros: la de vivir al margen de Dios, decidir sin contar con Él, buscar paraísos que no son el suyo. Durante cuarenta días la Iglesia nos ofrece un desierto. Como Israel durante cuarenta años, aprendemos que no vivimos solo de pan, que dependemos de la Palabra de Dios para todo, que la libertad no consiste en hacer lo que deseamos, sino en obedecer al Señor. Como Jesús durante cuarenta días, somos llamados al discernimiento, a rechazar las falsas promesas y a elegir el camino del Padre.


    Y despierte…” Despertar es salir de la tibieza, romper la inercia, dejar de vivir la fe como una costumbre heredada o como pura tradición cultural. La ceniza nos habla del polvo, sí, pero también del soplo que dio vida a Adán. No nos dice que todo acaba en nada, sino que sin Dios somos nada, y con Él, en cambio, estamos llamados a la vida eterna. El polvo no es el final; es el punto de partida de una nueva creación. La Cuaresma no es un tiempo triste, sino serio; no es angustia, sino verdad. Mientras hay tiempo, hay gracia. Mientras hay vida, hay posibilidad de emprender el regreso al Paraíso del que jamás debimos salir. 


    Señor Jesús, despierta mi alma dormida, aviva mi inteligencia y hazme caminar contigo por el desierto, para que, purificado el corazón, pueda volver a la casa del Padre y gustar la alegría de la vida nueva. Amén.

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