jueves, 26 de febrero de 2026

EL AMIGO Y EL AMADO (VII): LLAMAR A LA PUERTA


     “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!” (Mt. 7,7-11).


    El Señor nos invita hoy a una confianza insistente, audaz. No se trata de una súplica tímida, sino de un pedir que nace del corazón que sabe que es hijo. Pedir, buscar, llamar… tres verbos que describen el dinamismo del alma que no se resigna a la distancia, que no se conforma con una fe tibia, que no se contenta con lo ya conocido. El que pide reconoce su pobreza; el que busca reconoce que todavía no posee; el que llama confiesa que hay una puerta cerrada que solo Otro puede abrir. Y, sin embargo, esa puerta no es la de un extraño, sino la que da acceso al Padre.


    Aquí resuena con delicadeza un pensamiento del Libro del Amigo y del Amado de Ramón Llull: “Llamaba el Amigo a las puertas de su Amado con aldabadas de amor, y el Amado oía los toques del Amigo con humildad, piedad, paciencia y caridad. Abriéronse las puertas de la Divinidad y de la Humanidad y entró el Amigo a ver a su Amado” (nº 42). El Evangelio dice: “llamad y se os abrirá”; Llull contempla cómo el Amigo llama con “aldabadas de amor”. No cualquier golpe abre la puerta del Corazón de Dios, sino el que nace del amor, de la confianza, del deseo sincero de comunión. Y el Amado no oye con indiferencia: oye con “humildad, piedad, paciencia y caridad”. ¡Qué imagen tan consoladora! Nuestro Señor no escucha con impaciencia, ni con reproche, sino con ternura infinita.


    Además, el Evangelio añade algo decisivo: Dios no engaña al que pide. No da piedras por pan, ni serpientes por pescado. Muchas veces tememos que, al llamar, recibamos silencio; que, al pedir, obtengamos algo que nos lastime. Pero Jesús nos asegura que el Padre da cosas buenas a los que le piden, y que esas ‘cosas buenas’ son, en último término, Él mismo. A veces no serán las que imaginábamos, pero siempre serán las que conducen a la Vida. Cuando llamamos con perseverancia, aunque no lo veamos, ya estamos siendo transformados; la puerta comienza a abrirse desde dentro, ensanchando nuestro corazón para que pueda acoger el don.


    Señor Jesús, enséñame a pedir como hijo, a buscar con esperanza y a llamar con amor, hasta que se abran para mí definitivamente las puertas de tu Corazón. Amén. 

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