“Vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: ‘Sígueme’. Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (Lc. 5,27-28).
El Evangelio de la misa del día nos presenta una escena breve y fulminante. No hay discursos largos ni razonamientos previos. Una mirada, una palabra, una decisión. Jesús pasa, ve, llama. Leví escucha y responde. El texto subraya la radicalidad del gesto: “dejándolo todo”. No dice que lo pensara mucho tiempo, ni que pidiera un plazo para decidirse. Se levantó. En ese levantarse comienza una vida nueva. El seguimiento nace de una atracción más fuerte que cualquier cálculo.
Al poner este pasaje en relación con el punto 24 del Libro del Amigo y del Amado del Beato Ramón Llull, el Evangelio se ilumina desde dentro. Dice así: “Preguntaron al Amigo: ‘¿A dónde vas?’ Y respondió: ‘Vengo de mi Amado.’ -‘¿De dónde vienes?’ -‘Voy a mi Amado.’ -‘¿Cuándo volverás?’ -‘Me estaré con mi Amado.’ -‘¿Qué tiempo estarás con tu Amado?’ -‘Todo el tiempo que duren en Él mis pensamientos’”.
Aquí hay un delicado juego espiritual. A la pregunta “¿a dónde vas?” responde desde el origen: “vengo de mi Amado”. Y a “¿de dónde vienes?” responde desde la meta: “voy a mi Amado”. Como si en el amor ya no hubiera distancia entre principio y fin. Cuando le preguntan “¿cuándo volverás?”, no habla de regreso, sino de permanencia: “me estaré con mi Amado”. El que ama no vive en un ir y venir disperso; habita en un presente continuo.
En Leví, el movimiento exterior -“se levantó”- inaugura un movimiento interior que ya no se detiene. En Llull, el movimiento verbal -“vengo”, “voy”- conlleva una quietud profunda: “me estaré”. Movimiento y permanencia quedan unidos en el amor. Eso es seguir a Cristo: dejar lo que ata por fuera y permanecer con Él dentro; caminar tras Él y, al mismo tiempo, habitar en Él. La fidelidad no depende tanto de los gestos visibles como de cuánto tiempo permanecen los pensamientos en el Amado.
La frase de Ramón Llull no es un adorno literario que acompaña al evangelio de hoy. Es su traducción mística. El Evangelio narra el gesto; el místico revela su hondura: vivir desde el Amado y para el Amado, hasta que todo pensamiento repose en Él.
Señor Jesús, que tu mirada me alcance también a mí en mis ocupaciones y seguridades. Haz que me levante sin aplazamientos, que viva viniendo de ti y yendo hacia ti, y que todo el tiempo que duren mis pensamientos, duren en ti. Amén.
P. D. La numeración de los textos del Libro del Amigo y del Amado varía según las ediciones; en estas reflexiones sigo la de Aguilar.
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