He visto recientemente la película Los domingos, que ha sido premiada con cinco de los Goya más importantes del cine español: mejor película, mejor dirección, mejor guion, mejor actriz principal y mejor actriz de reparto. Es una película curiosa porque provoca interpretaciones muy distintas. Para algunos espectadores es casi un alegato cristiano; para otros, una feroz crítica a la religión y a la posible manipulación religiosa de los jóvenes. A mí me ha parecido, sobre todo, una película honesta y con grandes valores humanos y cinematográficos. Presenta con mucha naturalidad el mundo de la búsqueda espiritual de una chica de hoy: una estudiante de segundo de bachillerato, con su vida familiar, sus emociones, sus dudas, sus contradicciones... Nada idealizado. Simplemente una adolescente que se plantea si Dios puede ser el amor absoluto y totalizante de su vida.
Pero este último domingo me ocurrió algo que me hizo reflexionar todavía más. Después de la misa que celebré, entró en la sacristía un muchacho de dieciséis años a quien no conocía de nada. Me dijo que quería confesarse. Era la primera vez en su vida que lo iba a hacer. No había hecho la primera comunión, ni recibido ninguna formación religiosa, porque su familia no es creyente. Sin embargo, algo había empezado a moverse en su interior. Por su cuenta comenzó a preguntarse si Dios existía. Poco a poco llegó a convencerse de que sí. Y desde hace unos meses empezó a acudir a misa los domingos, todavía sin comulgar, pero con el deseo de acercarse a Dios. Aquel día quiso confesarse por primera vez. Le ayudé a hacerlo, y le animé a prepararse para hacer su primera comunión el próximo domingo de Pascua.
Escuchándolo pensaba que, más allá de teorías o debates culturales, hay algo que sigue sucediendo silenciosamente en nuestro mundo. A veces se habla como si la fe fuera solo una tradición que se transmite o una influencia social que se impone. Pero la realidad es mucho más misteriosa. Nadie había empujado a ese muchacho hacia Dios. Nadie le había enseñado catecismo. ¿Manipulación por parte de quién? Simplemente, en lo más hondo de su conciencia, empezó a sentir una llamada. Algo, o mejor, Alguien, que le decía que Dios existe y que vale la pena buscarlo.
Después de la gala de los Goya, una actriz cómica comentó: “Me da pena que (los jóvenes) necesiten creer en algo y se agarren a la fe cristiana. Lo siento por la Iglesia; menudo chiringuito tenéis montado…” Quizá esa interpretación resulte inevitable cuando se excluye de entrada la posibilidad de que Dios actúe realmente en el corazón humano; y cuando la visceral cristofobia nubla el más elemental sentido crítico. Si no existe Dios, todo tiene que explicarse por la manipulación o por carencias psicológicas. Pero cuando uno presencia cosas como la de aquel chico de dieciséis años que me buscó el domingo, la explicación parece otra.
Por eso se me ocurrió el título: “Los domingos, un domingo”. Una película que habla del discernimiento vocacional de una chica normal. Y un chico normal que entra en la sacristía para confesar su fe naciente. Dos escenas distintas, pero tal vez un mismo fondo: que, incluso en nuestro tiempo, incluso en medio de tantas dudas y de tanto ruido, el Espíritu de Dios sigue moviendo silenciosamente los corazones. A veces sin que nadie lo espere. A veces sin que nadie lo entienda. Aunque muchos se indignen… ¡sigue haciéndolo!
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