jueves, 19 de marzo de 2026

ABOGADO Y SEÑOR

    “Tomé por abogado y señor al glorioso San José, y encomendéme mucho a él… No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, mas a este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas.” (Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida, 6,6).


    Es una experiencia profundamente vivida. Santa Teresa no habla desde una teoría ni desde una devoción superficial, sino desde una necesidad concreta, desde la prueba, desde el peligro. En medio de su vida descubre que San José no es una figura lejana ni secundaria, sino que se convierte para el alma en un padre cercano, eficaz, silenciosamente poderoso. Y lo afirma con una fuerza que nace del asombro: “socorre en todas”. No en algunas cosas, no en ciertos momentos, sino en todas. Como si su paternidad, participación de la misma paternidad de Dios, se extendiera sobre la vida entera, alcanzando tanto el cuerpo como el alma, las cosas grandes y las pequeñas, lo visible y lo oculto.


    En esta certeza hay un camino espiritual de gran sencillez y profundidad. Acogerse a San José es ponerse bajo su cuidado, es entrar en una relación de confianza filial, donde el alma se sabe acompañada y sostenida. Teresa no presenta una devoción más entre otras, sino una experiencia de protección constante, de presencia discreta y fiel, que envuelve la vida entera sin imponerse, pero actuando con una eficacia sorprendente.


    Y aún añade la santa algo que ilumina todavía más esta relación: quien quiera aprender a orar, que se encomiende a San José (Vida, 6,8). Él, que vivió en silencio junto a Jesús, que custodió su vida y compartió su intimidad, se convierte en maestro de oración. No enseña con palabras, sino desde el silencio de su existencia: con su recogimiento, su obediencia, su atención continua a Dios. No puede haber mejor maestro de oración que aquel que vivió tan unido a Jesús, en lo escondido y en lo cotidiano. Bajo su guía, el alma aprende a orar sin ruido, a permanecer, a confiar y a vivir en la presencia de Dios.


    San José, padre y señor, enséñanos a vivir bajo tu amparo con corazón sencillo y confiado; condúcenos hacia Jesús y haznos entrar en la oración silenciosa y fiel que Tú viviste cada día. Amén.


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