Hoy es Domingo de Ramos. Comienza la Semana Santa y el corazón se sitúa ante un misterio que no es solo recuerdo del pasado, sino memorial que lo hace presente. Jesús sabe lo que viene y camina hacia ello con una libertad que sobrecoge: va a su Pasión voluntariamente aceptada. Mientras los hombres traman, negocian o temen, Él ya se ha entregado por dentro. Y en esa entrega interior comienza todo. No es el sufrimiento en sí lo que salva, sino el amor con que es acogido, ofrecido, vivido hasta el extremo.
En medio de la noche más solemne se instituirá la Eucaristía como una luz silenciosa. Cuando todo hace presagiar una despedida, Jesús decide quedarse. No se impone ni se explica: simplemente se da. Se hace pan, se hace alimento, se hace presencia escondida que atraviesa el tiempo. En la Eucaristía se revela el Corazón de Dios, abierto en medio de la traición. Y nosotros, tantas veces distraídos, apenas rozamos ese misterio sin entrar en él. Pero quien se acerca de verdad a la Eucaristía entra en la Pasión, y quien entra en la Pasión descubre un Amor que no retrocede ante nada.
En los discípulos se refleja nuestra propia debilidad. Pedro promete y cae, jura y reniega, ama y huye. Pero su llanto abre un camino: el de la verdad humilde que no se justifica. También nosotros caminamos entre fidelidades frágiles y caídas repetidas. Y, sin embargo, hay una gracia que lo sostiene todo: volver a Jesús con el corazón herido, sin excusas, sin máscaras. Porque su mirada no humilla, sino que levanta; su misericordia no reprocha, sino que rehace por dentro.
Y en medio del ruido del mal, Jesús calla. Su silencio desconcierta, pero está lleno de sentido. No es vacío, sino abandono confiado en el Padre. No es debilidad, sino una fuerza que no necesita imponerse. En ese silencio se nos revela un camino profundo: el de la paz que no depende de tener razón, el de la verdad que no necesita defenderse continuamente, el de la confianza que descansa en Dios incluso cuando todo parece oscuro.
Por último, al pie de la Cruz, cuando todo parece terminado, nace la fe. No del éxito ni de un milagro prodigioso, sino de la entrega total del Mesías. Un corazón pagano reconoce en ese Rostro desfigurado la presencia de Dios. Y lo confiesa. Así también nosotros estamos llamados a descubrir a Jesús allí donde menos lo esperaríamos: en la debilidad, en el dolor, en lo incomprensible. Porque es ahí, precisamente ahí, donde su Amor se manifiesta en toda su verdad.
Señor Jesús, en este comienzo de la Semana Santa, concédenos la gracia de entrar contigo en este misterio. Enséñanos a entregarnos contigo, a recibir contigo, a caer y a levantarnos contigo, a callar contigo y a creer contigo. Y que, caminando a tu lado, aprendamos poco a poco a amar como Tú amas. Amén.
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