sábado, 3 de enero de 2026

¿NOCHE VIEJA O NOCHE NUEVA?

 


   Ayer no pude escribir mi artículo, y quiero explicar la razón. Fue un día verdaderamente intenso. Toda la mañana estuvo dedicada a la visita del Monte de los Olivos y de los devotísimos santuarios que allí se encuentran. Al mediodía culminamos con la celebración de la misa junto a la Roca de la Agonía, en la Basílica de Getsemaní, también llamada de las Naciones. Allí hablé de esa agonía de Cristo que perdura en el mundo mientras haya un solo hombre que sufra. Por eso san Pablo puede afirmar: “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo en favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col. 1,24). No porque la Pasión de Cristo necesite ser completada en la Cabeza, que es el Señor, sino porque ha de prolongarse en los miembros de su Cuerpo, que somos nosotros, cuando unimos nuestros propios sufrimientos a su obra redentora.


    Pero lo que verdaderamente me impidió escribir el artículo, y lo que ha constituido mi gran regalo de Año Nuevo, también por ser el día de mi santo, fue que, a partir de las siete de la tarde, con un grupo de peregrinos de los que me acompañan, tuve el privilegio de ser admitido a pasar toda la noche en el interior de la Basílica del Santo Sepulcro. Allí se encuentran la tumba del Señor, lugar de su Resurrección, y el Calvario. A las siete de la tarde se cerraron las puertas, en presencia de un franciscano como representante de la parte católica, de un sacerdote ortodoxo y de otro armenio. Permanecieron cerradas hasta las cuatro de la madrugada. Nueve horas pasamos allí. La recorrimos a nuestro ritmo, sin prisas. Oramos largamente; al menos yo, durante horas, en el Calvario, a los pies de la Cruz del Señor. Entramos varias veces en el Sepulcro de Cristo, venerando de modo especial su Resurrección gloriosa. Paseamos por los distintos altares y capillas, y descendimos hasta la cripta de santa Elena, donde fue encontrada la Santa Cruz. Ese fue el regalo real e inmerecido.


    A todos mis lectores, a todos los que me siguen en los programas de radio, a todos los que acompaño o dirijo espiritualmente, os tuve muy presentes durante esta noche. Una noche muy especial: noche vieja, o quizá sería más adecuado decir una extraordinaria noche nueva. A las cuatro se abrió de nuevo la Basílica y a las cinco y media celebramos la misa en el interior mismo de la tumba del Señor, lugar de su anástasis, es decir, de su gloriosa Resurrección. Después nos lanzamos a nuevas visitas de la peregrinación, todo ello sin haber podido dormir en toda la noche. Por este motivo, y por no haber parado prácticamente durante casi cuarenta y ocho horas seguidas, no pude acudir a mi cita diaria con vosotros, cosa que espero hayáis sabido disculpar.

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