“Jesús dijo al gentío: ‘¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero? No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga’. Les dijo también: ‘Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene’” (Mc. 4,21-25).
Jesús, en el Evangelio de hoy, reúne aquí dos enseñanzas que, en el fondo, están profundamente unidas. Por una parte, nos recuerda que la fe no es un tesoro para esconder, sino una luz destinada a iluminar. Nadie enciende una lámpara para ocultarla, porque la luz solo cumple su misión cuando se deja ver. La fe que hemos recibido no nos pertenece en exclusiva: se nos ha confiado para ser compartida, transmitida. Y eso exige dos actitudes fundamentales. Generosidad, para aceptar el desgaste silencioso de la entrega diaria, el cansancio de dar sin reservas, la paciencia de sembrar sin ver enseguida los frutos. Y valentía, porque la luz a veces incomoda, despierta resistencias y provoca oposición; quien pone la lámpara en el candelero sabe que no siempre será comprendido ni aceptado.
Por eso nos invita a revisar el criterio con el que miramos, tratamos y juzgamos a quienes nos rodean. En definitiva, se trata de una llamada a vivir la misericordia entrañable. Nos conviene pedir un corazón bueno, comprensivo y compasivo, dispuesto siempre a disculpar antes que a condenar, a entender antes que a sentenciar. Porque ese mismo criterio será el que un día se aplicará sobre nuestra propia vida. Las palabras de Jesús son firmes y seguras: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc. 13,31). En ellas encontramos luz para el camino y una verdad en la que podemos apoyarnos sin miedo. Vivir de esa Palabra, dejarla brillar y permitir que modele nuestro corazón es la forma más auténtica de caminar en la luz y prepararnos para el Reino.
Señor Jesús, enciende en nosotros la luz de tu Evangelio y danos la generosidad y la valentía necesarias para no esconderla. Danos un corazón misericordioso, semejante al tuyo, para que sepamos medir y juzgar a los demás con amor y caminar confiados a la luz de tu Palabra. Amén.
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