“Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a Jesé: ‘El Señor no ha elegido a estos’. Entonces Samuel preguntó a Jesé: ‘¿No hay más muchachos?’. Y le respondió: ‘Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño’. Samuel le dijo: ‘Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa, mientras no venga’. Jesé mandó a por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo a Samuel: ‘Levántate y úngelo, pues es este’. Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos” (1 Sam. 16,10-13).
Dios no mira como miran los hombres. Mientras nosotros nos detenemos en la apariencia, en la fuerza, en lo que cuenta y pesa socialmente, Él dirige su mirada hacia lo pequeño, lo oculto, lo que parece insignificante. David ni siquiera estaba en el banquete de Samuel; cuidaba el rebaño, lejos del centro, lejos del lugar donde se deciden las cosas importantes. Y, sin embargo, es allí donde Dios lo ve. La unción no recae sobre los que parecen más aptos, sino sobre aquel que no contaba. En esta elección se revela un modo constante de actuar de Dios: Él sorprende, nos descoloca revelando la inutilidad de nuestra lógica.
San Pablo lo expresará con palabras contundentes al mirar a la comunidad cristiana de Corinto: “Mirad quiénes sois vosotros, los llamados: no hay muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios ha elegido lo necio del mundo para confundir a los sabios; y lo débil del mundo para confundir a lo fuerte” (1 Cor. 1,26-27). La elección de Dios no es solo una preferencia, sino una gracia que transforma. Quien es elegido recibe el don que capacita, la fuerza interior que no nace de uno mismo. Por eso, cuando nos sentimos pobres, frágiles o incapaces de remontar ciertas situaciones, ahí mismo puede estar actuando la gracia, impulsando el Espíritu, despertando en nosotros capacidades y caminos que ni siquiera sospechábamos.
No es casual, por otra parte, que David sea el octavo hijo. El número siete representa la plenitud de lo humano, la totalidad, lo completo según nuestras medidas. El ocho, en cambio, abre un tiempo nuevo. En la tradición bíblica, judía y cristiana, el octavo día es el día que va más allá de la semana de la creación del mundo: el día de la nueva creación, el día de Dios, inaugurado definitivamente en la resurrección de Cristo. David, el octavo, es signo de esa novedad que no nace de la lógica humana, sino del don. Cuando Dios elige crea una nueva criatura, y concede también al llamado la gracia que capacita para la tarea. Y esta tarea que nos encomienda es clara: actuar como pastores de hombres, acompañarlos, cuidarlos y conducirlos hacia la vida, hacia la reconciliación, hacia el paraíso perdido. A imagen del único y verdadero Buen Pastor.
Señor, Tú que eliges lo pequeño y haces brotar vida nueva donde no la esperábamos, danos un corazón dócil a tu gracia. Haznos disponibles a tu llamada y capacítanos para cuidar a los hermanos con la ternura y la fidelidad del Buen Pastor. Amén.
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