miércoles, 28 de enero de 2026

TEÓLOGO Y ADORADOR

“En la noche de la Última Cena,

sentado a la mesa con sus hermanos,

cumplida plenamente la ley

en la cena prescrita,

como alimento a los doce

se da a sí mismo con sus propias manos.


El Verbo hecho carne

convierte con su palabra el pan verdadero en su Carne,

y el vino se hace Sangre de Cristo;

y aunque los sentidos desfallezcan,

para asegurar el corazón sincero

basta sólo la fe.


Tan gran Sacramento, pues,

veneremos postrados;

y el antiguo rito

ceda al nuevo;

que la fe supla

la insuficiencia de los sentidos.


Al Padre y al Hijo

alabanza y júbilo,

salud, honor, poder

y bendición;

y al Espíritu que procede de ambos,

igual gloria y alabanza. Amén.”

(Santo Tomás de Aquino, del himno latino Pange lingua).


    Santo Tomás de Aquino (1225-1274), cuya fiesta litúrgica hoy celebramos, fue uno de los grandes teólogos de la Edad Media, un buscador incansable de la verdad, un hombre de inteligencia luminosa y de profunda vida interior. Su obra más conocida, la Suma Teológica, es un inmenso compendio del saber teológico cristiano, donde la razón y la fe dialogan con un extraordinario equilibrio. Pero Tomás no fue solo un pensador brillante: fue, ante todo, un cristiano fervoroso que pensó y escribió de rodillas, un contemplativo que supo expresar con palabras humanas los misterios más profundos de Dios.


    Este conocido himno eucarístico compuesto por él, el Pange lingua, revela quizá mejor que ningún tratado el corazón de santo Tomás. En él se expresa que Jesús no sólo enseña y explica, sino que se entrega. En la Última Cena se da a sí mismo como alimento, anticipando sacramentalmente el don total que realizará en la Cruz. El mismo Verbo por quien todo fue hecho se hace Pan partido y Sangre derramada, para permanecer con los suyos y sostener así su caminar.


    Santo Tomás sabe que ante este Misterio los sentidos se quedan cortos. No vemos, no tocamos, no comprendemos cómo. Por eso invita a la fe humilde y confiada, a la adoración postrada, al silencio que reconoce que Dios es siempre mayor. El antiguo rito cede su lugar al nuevo, no porque lo anterior haya sido inútil, sino porque todo encuentra ahora su plenitud en la entrega de Cristo. La Eucaristía es el lugar donde la inteligencia se aquieta y el corazón se ensancha, donde la fe suple lo que los ojos no alcanzan a ver, y el alma aprende a vivir de lo invisible.


    Señor Jesús, Pan vivo bajado del cielo, enséñanos a creer cuando no vemos, a adorar cuando no entendemos, y a dejarnos transformar por tu presencia humilde y real en el Sacramento de tu amor. Así sea. 


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