He pasado los dos últimos días en el Monasterio de las Carmelitas de la Antigua Observancia de Osuna, en Sevilla. Osuna es un pueblo extraordinario: una concentración sorprendente de palacios y conventos, una colegiata imponente, una universidad que sigue viva, que imparte clases y concede títulos, todo ello en un lugar que no llega a los dieciocho mil habitantes. Pero más allá de su riqueza histórica y artística, lo verdaderamente decisivo para mí han sido estos días de convivencia, oración y palabra compartida.
He dado varias charlas y meditaciones, tanto a la comunidad de hermanas carmelitas —diez en total— como a un pequeño y variado grupo de terciarios. La última meditación del sábado por la tarde fue con el Santísimo Sacramento expuesto. Después de un rato de adoración silenciosa, la oración se prolongó de una manera inesperada y profundamente conmovedora. De forma para mí imprevista, una joven novicia de tan solo veintidós años tomó una guitarra y comenzó a cantar. Es colombiana, como toda la comunidad, y llegó a este monasterio con apenas dieciocho.
Lo que sucedió en esos minutos fue algo que me resulta muy difícil de explicar con palabras. La dulzura de la voz, limpia, pura, nítida; la unción con que era entonada cada frase; la cadencia lenta, repetitiva y orante del canto; la absoluta ausencia de todo deseo de agradar o de ser reconocida... Nadie iba a aplaudir, nadie iba a felicitar. Aquella joven no cantaba para nosotros, cantaba por Dios y para Dios. Y eso se notaba. Cuando alguien canta así, está orando, no interpretando.
Confieso que me tocó muy profundamente. Me llegó al corazón de una manera que no sabría describir del todo. Sentí, con una claridad serena y sin ninguna angustia, que estaba como en la antesala del cielo. No era un deseo de morir por cansancio de la vida, ni por fatiga, ni por enfermedad. Era algo muy distinto: la certeza de que, si en aquel momento se me hubiera pedido dar el paso definitivo, habría sido un tránsito suave, casi natural, de la antesala al cielo mismo. Eso es lo que produce la belleza cuando se une al amor divino y a la delicadeza, y cuando todo está ungido por el Espíritu de Dios.
La letra de la canción es breve, sencilla, y precisamente por eso tan densa:
“¡Sólo Dios! ¡sólo Dios!
En tus atrios, Señor, quiero estar.
Tú, mi tesoro y porción, mi delicia, Señor.
Mi fortaleza, mi vida, mi Dios y mi todo.
Alma mía, no busques nada más.
Para ti basta Dios, y sólo Dios”.
No hay nada superfluo en estas palabras. Todo es esencial. “Sólo Dios”: no como consigna, sino como experiencia vivida. “Mi tesoro y porción”: lo que basta, lo que colma, lo que da sentido. “Mi fortaleza, mi vida, mi Dios y mi todo”: no un complemento más, sino el centro absoluto. Y esa exhortación tan teresiana y tan carmelitana: “Alma mía, no busques nada más”; no porque el mundo sea despreciable, sino porque cuando se ha encontrado el Todo, lo demás carece de importancia.
Creo que no podré olvidar este momento. Al menos, no en mucho tiempo. Hay experiencias que no se borran porque tocan una fibra muy profunda del alma y la afinan para siempre. Esos minutos de canto y adoración quedaron grabados como un don gratuito, inmerecido, pero recibido con gratitud. Sólo Dios. Para ti, basta Dios. Y sólo Dios.
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