“Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como Él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor” (1ªJn. 4,16-18).
Seguimos todavía en el tiempo litúrgico de la Navidad, aunque para la mayoría de la gente la Navidad haya terminado ya. En muchas casas se han recogido los belenes, han desaparecido los adornos y los ayuntamientos han apagado las espléndidas iluminaciones de estos días. La liturgia, sin embargo, continúa conduciéndonos con discreción hacia el misterio celebrado, como si quisiera enseñarnos que lo esencial no depende del brillo exterior, sino de una luz más honda que debe permanecer cuando todo lo demás se apaga. Es en esta Navidad ya silenciosa donde resuena con especial fuerza la afirmación decisiva: Dios es amor.
Este texto, que se proclama en la misa de hoy, nos sitúa en el centro mismo de la fe cristiana, no como una teoría sobre Dios, sino como una experiencia vivida: “hemos conocido y hemos creído”. Permanecer en Dios no es vivir bajo la amenaza del castigo ni bajo el peso del temor, sino habitar confiados en un amor que precede, sostiene y acompaña. Incluso el día del juicio queda iluminado desde dentro por la confianza filial. El temor nace cuando nos alejamos del amor o lo reducimos a una relación interesada; el amor verdadero, en cambio, sana, libera y expulsa el miedo, porque nos devuelve a la verdad más profunda de nuestra condición de hijos.
Señor Jesús, enséñanos a permanecer en tu amor, a dejar que expulse nuestros temores y a vivir confiados, abandonados a la voluntad del Padre, sabiendo que en Ti no hay castigo, sino misericordia y vida. Amén.
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