sábado, 3 de enero de 2026

PAN VIVO Y AGUA VIVA

 



   Después del día intenso que fue el 1 de enero, quiero continuar contándoos nuestro camino. Por la mañana recorrimos el Vía Crucis, acompañando al Señor cargado con la cruz estación tras estación. Las últimas cinco estaciones se sitúan dentro del Santo Sepulcro y, como no es posible realizarlas allí, las rezamos en los tejados del templo, en el pequeño recinto donde viven los cristianos etíopes, quizá los moradores más pobres del Santo Sepulcro, casi relegados a aquel lugar. Pero también allí, en la sencillez y el silencio, el Señor continúa su camino hacia la Pascua.

Por la tarde nos acercamos a conocer el Jerusalén judío moderno, que quizá despierta menos emoción espiritual en nosotros, hasta terminar en el Muro de las Lamentaciones. Yo me acerqué a rezar, apoyando la mano sobre la piedra milenaria y, con los ojos cerrados, recité varios salmos. Fue un momento de profunda intimidad del alma ante Dios.


    Hoy viernes, primer viernes de mes, celebramos la Eucaristía en el Cenáculo Franciscano, una pequeña casa–convento que los franciscanos han adquirido junto al verdadero Cenáculo. Allí preside una imagen en bronce de la Última Cena y, en el pecho de Cristo, se encuentra el Sagrario. En esa misma capilla celebramos la misa de la institución de la Eucaristía y recordamos el mandamiento nuevo del amor fraterno, signo distintivo de los discípulos de Cristo. Desde allí hemos partido hacia Jordania. Almorzamos en Ammán, la antigua Filadelfia, y continuamos hacia Wadi Musa, el “Valle de Moisés”. Nos hospedamos en un hotel situado a escasos metros de la llamada Fuente de Moisés, conocida aquí como Ain Musa. Esta región corresponde al antiguo territorio de Edom. Los edomitas eran considerados descendientes de Esaú, el hermano de Jacob, aquel que vendió su primogenitura por un plato de lentejas.


    Bajo una construcción moderna se encuentra una roca partida de la que emana agua de forma natural. Desde muy antiguo, la tradición ha identificado este lugar con el episodio en el que Moisés, por mandato de Dios, hizo brotar agua de la roca para el pueblo sediento. Dos libros lo recuerdan: el Éxodo (Ex. 17,1-7), y los Números (Núm. 20,1-13). No podemos asegurar con certeza absoluta que se trate del mismo lugar, pero la tradición es muy antigua y muy respetada, y tiene verosimilitud histórica, porque Israel atravesó zonas de Edom durante el Éxodo. Así pues, hoy caminamos casi literalmente por la ruta del pueblo de Dios hacia la tierra prometida. Y aquí, junto a esta roca y este manantial, damos gracias al Señor que sigue saciando nuestra sed más profunda con el don de su gracia.


    Y nuestra mirada se dirige espontáneamente a la Eucaristía que hemos celebrado esta mañana en el Cenáculo. Allí el Señor nos ha dado el Pan de Vida, y aquí, en Ain Musa, recordamos sus palabras: “El que beba del agua que Yo le daré no tendrá sed jamás” (Jn. 4,14). El agua que brota de la roca es figura de Cristo, que se entrega por nosotros. Él es la fuente de Agua Viva que colma nuestra sed de verdad, de amor y de vida. Y sentimos que la ruta del Éxodo continúa hoy en la Iglesia y en nuestra vida: seguimos siendo un pueblo en camino, sostenido por la gracia y alimentado por la Eucaristía.


    Señor Dios nuestro, Tú que hiciste brotar agua viva de la roca para tu pueblo sediento en el desierto, te damos gracias porque hoy nos permites celebrar también la fuente inagotable de tu amor en la Eucaristía. El mismo Jesús que dijo: “El que beba del agua que Yo le daré no tendrá sed jamás” (Jn. 4,14), se nos entrega como Pan de Vida y cáliz de salvación. Haz, Señor, que nunca dejemos de acudir a Ti, que no busquemos otras aguas engañosas y que nuestra sed más honda quede colmada en tu presencia. Danos un corazón agradecido, fiel, fraterno y adorador, y haz de tu Iglesia un manantial de vida para el mundo. Amén.

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