“Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor’. Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’” (Lc. 4,16-21).
Seguimos en Nazaret porque esta ciudad de Galilea acoge al principio la Palabra con admiración, pero pronto se escandaliza. La cercanía se vuelve obstáculo, lo conocido se transforma en rechazo, y el entusiasmo inicial deja paso a la violencia. Jesús no suaviza su mensaje ni busca componendas. Su actitud revela que el Reino no se negocia, no se presta a pactos ni a rebajas interesadas: se acoge en libertad y con respeto. Por eso invita a un desprendimiento que va más allá de los bienes materiales, un desprendimiento de las propias ideas, de los proyectos cerrados, de los afectos mundanos que impiden dejar actuar a Dios. No pide una pobreza interior entendida como frialdad, sino una libertad interior que permita a Dios ser Dios en nuestra vida.
De ahí la necesidad del silencio y de la paz. No es la Palabra rechazada la que lleva al silencio, sino el silencio el que conduce a una escucha más honda y verdadera de la Palabra. El Espíritu Santo no se manifiesta en el ruido, ni en la agitación, ni en la turbación del ánimo. Su acción es suave, delicada, y exige un corazón recogido, pacificado, libre del ruido interior y, en lo posible, también del exterior. Solo en ese clima de silencio puede brotar una comprensión profunda de lo que Dios dice y de lo que Dios quiere hacer. Y todo esto se forja y se custodia en la oración, que es la tierra donde germinan el desprendimiento, la paz, la perseverancia y la gratitud. Sin oración no hay escucha verdadera, ni libertad interior, ni docilidad al Espíritu.
Señor Jesús, Palabra eterna del Padre, enséñanos a vivir en el silencio y en la escucha; en la oración que purifica y en la libertad interior que no plantea condiciones para acoger tu Reino con respeto, fidelidad y amor. Así sea.