“¡Qué deseos el alma
tenía de ser buena;
y cómo se llenaba de ternura
cuando Dios le decía que lo era!”
(José María Gabriel y Galán, del poema El Ama).
Un buen amigo me regaló recientemente un libro titulado Cien frases en el equipaje, escrito por él mismo. En él recoge cien frases que le han impactado y que le acompañan como un pequeño tesoro interior que quiere legar a sus hijos y nietos. Una de esas frases es precisamente esta estrofa de José María Gabriel y Galán (1870-1905). Fue un poeta de grandes convicciones cristianas, profundamente enraizado en la tradición y en el mundo rural. Ganó la Flor Natural de los Juegos Florales de Salamanca precisamente con el poema El Ama, del cual están tomados estos versos. A mis padres les gustaban mucho sus poesías y tenían la cuidada edición de sus obras completas de la editorial Aguilar. Yo, por ello, leí este autor siendo todavía niño y después mucho más de adolescente. Y sigo guardando hoy aquel volumen con mucho aprecio en mi biblioteca personal.
Esta estrofa no habla de logros ni de perfecciones alcanzadas, sino de deseos. De los deseos más hondos del alma. Quizá nuestras vidas estén cargadas de incoherencias, de pecados, de fragilidades repetidas, pero en lo más profundo suele permanecer un anhelo sencillo y persistente: el deseo de ser buenos. No necesariamente de parecerlo, ni de demostrarlo, sino de serlo de verdad. Yo, al menos, lo reconozco así en mí desde muy pequeño. No siempre he sabido cómo vivir ese deseo ni he sido fiel a él. Pero estaba ahí, silencioso y tenaz, como una llamada interior que no se apaga del todo, incluso cuando la vida se empieza a complicar.
Y llega un momento —cuando la fe, ese don, va madurando y el corazón se deja educar— en que uno empieza a escuchar algo decisivo: no solo la exigencia de cambiar o de convertirse, sino la voz de Dios que, hablándonos al corazón, nos dice que somos buenos para Él. No porque lo merezcamos, sino porque somos sus hijos. Como un padre que mira a sus hijos y los considera buenos, los mejores, simplemente porque son suyos, así es también Dios. El apóstol san Juan lo expresa con una claridad que conmueve: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos; sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn. 3,1-2). Comprender esto así llena el alma de una ternura profunda, la ternura del hijo que se sabe mirado, aceptado, acogido y amado sin condiciones.
Padre bueno, Tú conoces nuestros deseos más hondos, incluso cuando nuestra vida no los refleja del todo. Haznos vivir desde la ternura de sabernos hijos, desde la certeza de que nos miras con amor. Y que ese amor, acogido humildemente, vaya transformando poco a poco nuestro corazón. Amén.
Le agradezco muchísimo lo que usted comparte en su blog, pero me atrevo a hacer una puntualización a su entrada de hoy. El poeta José María Gabriel y Galán era salmantino. Nació en Frades de la Sierra concretamente, allí está parte de mis orígenes. En algún sitio más he leído que era extremeño y reconozco que se debe a que hasta hace relativamente poco tiempo, no lo hemos sabido cuidar tanto como lo han hecho en tierras extremeñas.
ResponderEliminarTambién quería decirle que me está gustando la meditación -oracion que está haciendo en "Palabra y Vida".
Le sigo teniendo presente mi oración diaria.
Un abrazo.
Ana.
Perdón por ese error debido a mi ignorancia, pues si bien he leído su obra, nunca leí su biografía. Ya he eliminado esa referencia en el cuerpo del artículo. Gracias por indicármelo. Y gracias también por tu paciencia y tus amables palabras,
ResponderEliminarNo se preocupe. Gracias a usted.
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