miércoles, 1 de julio de 2026

EL QUINTO PAN


    “Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los fue dando a los discípulos para que los sirvieran; y repartió también los dos peces entre todos” (Mc. 6,41).


    Durante estos días estoy realizando mis ejercicios espirituales en la casa de las Hermanas Mensajeras de la Esperanza, a los pies de la malagueña Sierra Bermeja y a poca distancia del Mediterráneo. La comunidad está formada por cuatro hermanas. Cada mañana celebramos juntos la Eucaristía. Sobre el altar utilizo una hermosa patena de cerámica traída de Tierra Santa. En ella está reproducido el célebre mosaico de Tabgha, el lugar donde la tradición sitúa la multiplicación de los panes y los peces, a orillas del lago de Genesaret. En el centro aparece la cesta con los panes y, a ambos lados, los dos peces, tal como puede contemplarse todavía hoy allí, en la iglesia custodiada por los monjes benedictinos.


    Ayer, además de las cuatro hermanas, acudió una persona de la calle a participar en la Santa Misa. Sobre la patena había cinco formas. Me llamó la atención cómo aquellas cinco formas parecían prolongar el mensaje del mosaico: los cinco panes que Jesús tomó en sus manos para alimentar a la multitud. Hoy, en cambio, no vino nadie de fuera. Éramos solamente las cuatro hermanas y yo. Sobre la patena descansaban únicamente cuatro hostias. El mosaico seguía siendo el mismo; la cesta y los dos peces permanecían inalterables. Solo faltaba un pan.


    No pude evitar pensar que el verdadero problema de nuestra Iglesia no es que Cristo haya dejado de multiplicar el Pan de la Vida. Él sigue ofreciéndose cada día con la misma generosidad infinita. Lo que con frecuencia falta es quien quiera acercarse a recibirlo. No escasea el Pan del cielo; escasea el hambre de Dios. Y a pesar de todo el Señor continúa preparando un puesto más en su mesa, esperando pacientemente al que todavía no ha llegado.


    Señor Jesús, aumenta en nosotros el hambre de ti. Que nunca pasemos de largo ante el Pan vivo bajado del cielo, y que nuestra vida despierte en otros el deseo de sentarse también a tu mesa. Amén.




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