domingo, 26 de julio de 2026

DOS SERAFINES (3)

 El segundo día de nuestra peregrinación ha transcurrido enteramente en San Giovanni Rotondo, siguiendo las huellas de san Pío de Pietrelcina. Hemos celebrado la santa Misa en la antigua iglesia del convento, donde durante cuarenta y nueve años ofreció el santo sacrificio. Después recorrimos el monasterio, veneramos la pequeña celda donde murió en la madrugada del 22 al 23 de septiembre de 1968; también visitamos distintas dependencias del monasterio, entre ellas el pequeño coro donde, el 20 de septiembre de 1918, recibió los estigmas del Señor; y la iglesia nueva, construida para acoger el creciente número de peregrinos que acudían para asistir a la misa que celebraba cada día a las cinco de la mañana. Para la tarde dejamos la visita de la tercera iglesia, ya del siglo XXI, diseñada para acoger grandes peregrinaciones y expresar, mediante su arquitectura, una profunda idea teológica, además de custodiar el cuerpo del santo.


Recorremos un pasillo que va descendiendo, una auténtica vía sacra que conduce al corazón del santuario. Avanzamos en medio de paredes adornadas por los mosaicos del artista esloveno Marko Rupnik. Antes de llegar al lugar donde descansa el cuerpo del santo, dos grandes figuras reciben al peregrino. Son dos serafines, representados como auténticas llamas de fuego. Apenas se distinguen en ellos un rostro, unas manos y unos pies, llagados, que emergen de un incendio de amor. No son un simple elemento decorativo. Los serafines forman el coro más alto de los ángeles, los más cercanos al trono de la Santísima Trinidad, los que arden sin consumirse en el amor purísimo de Dios.


Mientras permanecía contemplándolos, me vino espontáneamente un pensamiento. Aquellos dos serafines me parece que representan a san Francisco de Asís y a san Pío de Pietrelcina. Dos hijos de la misma familia espiritual, dos hombres completamente abrasados por el amor de Cristo, dos vidas marcadas por las llagas del Señor recibidas en su propio cuerpo. En aquellas manos y en aquellos pies, apenas visibles entre las llamas, parecía resonar la misma llamada que recibió san Francisco en el monte Alverna y que, siglos después, alcanzó también al padre Pío en San Giovanni Rotondo: dejar que el amor de Dios transforme al hombre hasta hacerlo semejante al Crucificado.


A lo largo de este día hemos recordado también las durísimas persecuciones que sufrió el padre Pío, muchas de ellas nacidas precisamente dentro de la misma Iglesia. En dos lados opuestos de la cripta, dos mosaicos muestran escenas muy significativas: uno, a los tres jóvenes en medio del horno ardiente, protegidos por un ángel (Dn 3, 19-27); el otro, a José y a sus hermanos, con las gavillas inclinándose ante la suya, origen de la envidia que acabaría llevándolos a venderlo (Gn 37, 5-8). No parece una casualidad. El camino de los santos pasa muchas veces también por un fuego que no es el del amor, sino el de la persecución; y por unas llagas que no son sino las de la traición. Pero ese fuego no destruye a los amigos de Dios, sino que los purifica. Y quien permanece fiel descubre que nunca está solo, porque Dios envía siempre a sus ángeles para sostener a quienes confían en Él.


Quizá por eso aquellos dos serafines custodian la entrada al recinto más sagrado. El padre Pío no llegó hasta allí solamente por haber recibido los estigmas, sino porque antes dejó que el amor de Dios lo incendiara por completo. También nosotros estamos llamados a recorrer ese mismo camino. Nadie entra en la intimidad de Dios sin dejarse abrasar primero por su amor. Pero ese amor lleva grabada la señal de la Cruz. Pedir amar a Dios con un corazón puro es pedir, al mismo tiempo, participar de las llagas luminosas de Cristo. Son heridas que duelen -porque el amor verdadero duele- pero que terminan abriendo el camino hacia la verdadera cámara santa, aquella donde contemplaremos para siempre el rostro del Señor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario