Hoy nuestra peregrinación nos ha llevado primero hasta Lanciano, donde se conserva el milagro eucarístico más antiguo y célebre de la Iglesia. En el siglo VIII, un monje basiliano, asaltado por fuertes dudas sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía, vio cómo el pan consagrado se transformaba en carne y el vino en sangre. Aquel prodigio permanece todavía hoy ante los ojos de los peregrinos: un fragmento de tejido muscular del corazón humano y cinco coágulos de sangre, custodiados con inmenso respeto. Hemos rezado también en la antigua capilla donde tuvo lugar el milagro. Allí comprendemos que la fe no es un sentimiento vago ni una idea piadosa, sino el encuentro con un Dios que ha querido quedarse realmente con nosotros bajo las humildes apariencias del pan y del vino. La Eucaristía no necesita prodigios para ser verdadera, pero Dios, con infinita misericordia, ha querido conceder alguno para fortalecer la debilidad de nuestra fe.
Desde allí nos hemos dirigido al Santuario de Loreto. Si Lanciano nos habla del Dios que quiere permanecer con nosotros en la Eucaristía, Loreto nos habla del Dios que quiso tener un hogar entre los hombres. En el corazón de la inmensa basílica se conservan las tres paredes de piedra de la casa de Nazaret, donde el ángel anunció a María el misterio de la Encarnación. La sencillez de aquellas piedras contrasta con la magnificencia del templo y del magnífico edículo de mármol proyectado por Bramante (1444-1514), que la protege como un precioso cofrecillo. Allí, en aquel espacio reducido, el Verbo se hizo carne; allí comenzó la historia nueva de la humanidad. Arrodillarse en la Santa Casa es experimentar que Dios ha santificado para siempre la vida cotidiana, el trabajo, el silencio… Allí probablemente nació María; allí fue concebida por sus padres, Joaquín y Ana, cuya fiesta celebrábamos ayer. ¡Allí Dios obró el extraordinario prodigio de una Inmaculada Concepción!
Pero quizá uno de los lugares que más hondamente nos ha impresionado ha sido la capilla de San José, convertida hoy en capilla de adoración perpetua. Mientras el Santísimo permanece expuesto, los frescos que narran la vida del santo patriarca parecen conducir la mirada hacia Jesús escondido en la Eucaristía. Todo respira armonía, belleza y paz. En esta capilla, llamada “de los Españoles”, resulta casi imposible separar el arte de la oración, porque la belleza misma se convierte en un camino hacia Dios. Salimos de aquel lugar con el corazón sereno, dando gracias por haber podido recorrer, en un mismo día, el camino que va desde la casa donde Cristo comenzó a habitar entre nosotros hasta el altar donde continúa haciéndose realmente presente para permanecer con nosotros hasta el fin de los tiempos.
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