sábado, 18 de julio de 2026

ORAR CON MARÍA Y COMO MARÍA (Novena del Carmen 9)

 



    “¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida!… Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy” (Mt 11,21-23).


    Aunque ya hemos celebrado la solemnidad de Nuestra Señora del Carmen, continúo compartiendo estas reflexiones siguiendo el mismo orden de la novena que he tenido la alegría de predicar. Hoy llegamos al noveno y último día. Después de contemplar a san Gabriel, santa Isabel, san José, los pastores, Simeón y Ana, los Magos, los servidores de Caná y san Juan al pie de la cruz, aparece ahora un personaje colectivo: la Iglesia naciente reunida en el Cenáculo. El verbo que resume este último paso del camino es orar.


    El Evangelio de la misa de aquel día recogía unas palabras muy severas de Jesús dirigidas a ciudades que habían visto sus milagros y, sin embargo, no se habían convertido. En el fondo, todas compartían una misma tentación: confiar más en sí mismas que en Dios. La autosuficiencia termina cerrando el corazón a la gracia. Por eso Jesús llega a decir: “¿Piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo”. No somos nosotros quienes conquistamos el Reino; es Dios quien lo realiza en quienes se reconocen pobres y necesitan su ayuda.


    Ésa es precisamente la actitud de la primera Iglesia. Después de la Ascensión, los discípulos han recibido el mandato de anunciar el Evangelio al mundo entero, pero saben muy bien que no pueden cumplirlo con sus solas fuerzas. Se sienten pequeños, débiles e incapaces. No comienzan haciendo planes ni organizando estrategias. Se reúnen con María y perseveran en la oración, esperando la promesa del Padre. Descubren en Ella a la mujer que ya había recorrido ese mismo camino el día de la Anunciación. María no respondió al ángel apoyándose en sus propias fuerzas. Su pregunta, “¿cómo será eso?”, era la confesión humilde de quien sabe que sólo Dios puede realizar lo imposible. En el fondo, toda su vida puede resumirse en una sencilla oración que siempre recomiendo a las personas a las que acompaño espiritualmente: “Señor, hazlo Tú todo, porque yo no sé, porque yo no puedo.”


    ¿Qué aprendemos nosotros de la Iglesia naciente? Aprendemos a orar con María y como Ella. También nosotros queremos muchas veces resolverlo todo con nuestras fuerzas, encontrar soluciones para todo y confiar en nuestros propios recursos. Sin embargo, la verdadera oración comienza cuando reconocemos nuestros límites y dejamos espacio para que Dios actúe. La humildad no consiste en pensar poco de uno mismo, sino en esperar mucho de Dios. Sólo entonces el Espíritu Santo puede hacer en nosotros lo que jamás podríamos realizar por nosotros mismos.


    Quizá ésta sea la gran enseñanza con la que concluye nuestro recorrido. Después de entrar en la casa de María, acogerla, vivir con Ella, velar, reconocer, buscar, confiar y permanecer, llegamos finalmente a orar. Porque sólo quien aprende a decir con toda verdad: “Señor, hazlo Tú todo, porque yo no sé, porque yo no puedo”, descubre que las obras de Dios nunca nacen de nuestras fuerzas, sino de su gracia. Ése fue el secreto del Cenáculo. Ése fue el secreto de María. Y ése sigue siendo también hoy el secreto de toda auténtica vida cristiana.

secreto de María. Y ése sigue siendo también hoy el secreto de toda auténtica vida cristiana.

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