El quinto día de nuestra peregrinación nos llevó por fin a Medjugorje. Nada más llegar emprendimos la subida al Podbrdo, el Monte de las Apariciones. Un guía nos introdujo en la historia de aquellos primeros días de junio de 1981, presentó la figura de los videntes y nos condujo hasta la llamada Cruz Azul, uno de los lugares más queridos por los peregrinos. Allí volvimos a escuchar el primer gran mensaje que la Virgen dirigió al mundo: “¡Paz, paz, paz! ¡Reconciliaos con Dios y entre vosotros!”. Rezando el santo Rosario ascendimos después hasta la imagen de la Virgen que corona la colina, conocida popularmente como la “Virgen coreana”, no por tener rasgos asiáticos sino por haber sido donada por un peregrino de Corea que encontró allí la fe en aquel lugar.
Sin embargo, apenas veinticuatro horas antes de nuestra llegada, Medjugorje había sufrido un violento ataque de odio. Mientras todavía nos encontrábamos en Bari contemplábamos con tristeza las fotografías que iban llegando: varias imágenes de la Virgen habían sido cubiertas de pintura negra; la gran carpa donde durante buena parte del año se celebra la santa Misa había sido incendiada en diversos puntos tras rociarla con líquido inflamable; y en distintos lugares aparecieron pintadas blasfemas y ofensivas. Todo parecía expresar el rechazo a un lugar que, desde hace cuarenta y cinco años, no hace otra cosa que invitar a los hombres a encontrarse con Dios y llamarlos a la paz.
Pero al llegar descubrimos algo mucho más elocuente que los destrozos. No quedaba prácticamente ningún rastro de ellos. Desde primera hora de la mañana, jóvenes del pueblo, vecinos, voluntarios y miembros de la Comunidad del Cenáculo —fundada por la Madre Elvira para ayudar a personas esclavizadas por distintas adicciones— habían trabajado sin descanso para limpiar, reparar y devolver a cada rincón su aspecto habitual. El odio había actuado durante unas horas; el amor había respondido inmediatamente, con mayor fuerza y sin hacer ruido.
Quizá esa sea una de las lecciones más profundas de Medjugorje. El mal siempre hace mucho ruido, pero el bien trabaja en silencio. Satanás busca sembrar división, desesperanza y violencia; la Virgen, en cambio, no deja de conducir a sus hijos hacia Cristo, Príncipe de la Paz. Allí no se invita a nada extraordinario. Todo el mensaje puede resumirse en una sencilla llamada a vivir el Evangelio mediante las conocidas “cinco piedrecitas”: la oración hecha con el corazón, especialmente el santo Rosario; el ayuno vivido con generosidad; la lectura cotidiana de la Palabra de Dios; la participación frecuente en la santa Misa y la comunión; y la confesión mensual para permanecer siempre en la gracia de Dios.
Por la tarde recorrimos con nuestro guía los alrededores de la parroquia de Santiago y participamos en el impresionante programa vespertino de oración. Comenzó con el rezo de los misterios gozosos y dolorosos del Santo Rosario; después tuvo lugar la santa Misa, concelebrada por decenas de sacerdotes y vivida por miles de peregrinos llegados de todos los continentes. Siguió una prolongada oración de liberación y sanación. Al contemplar aquella inmensa asamblea se comprende que el auténtico milagro de Medjugorje no consiste en reunir multitudes, sino en llevar innumerables almas a la conversión, a la reconciliación con Dios y a una vida sacramental más intensa.
Al final, las manchas negras sobre las imágenes de la Virgen habían desaparecido. Pero quedaba una imagen mucho más fuerte grabada en el corazón: la del odio que intenta destruir y la del amor que reconstruye. Quizá sea esa la historia de toda la Iglesia. Las tinieblas nunca dejan de combatir la luz; sin embargo, la luz siempre acaba brillando de nuevo. Porque la paz que viene de Cristo puede ser perseguida, pero jamás derrotada.
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