“Le llevaron a Jesús un endemoniado mudo. Y después de echar al demonio, el mudo habló. La gente decía admirada: ‘Nunca se ha visto en Israel cosa igual’. En cambio, los fariseos decían: ‘Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios’. Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia” (Mt 9,32-35).
Ayer comencé en este blog una pequeña serie de reflexiones inspiradas en la novena que estoy predicando en honor de la Santísima Virgen del Carmen. El hilo conductor es siempre el mismo: contemplar a María a través de las personas que tuvieron la gracia de encontrarse con Ella. Cada una descubrió un aspecto de su misterio y, al mismo tiempo, nos enseña una actitud para acercarnos hoy a la Madre del Señor. Después del arcángel san Gabriel, que entró con inmenso respeto en la casa de María, hoy nos detenemos en santa Isabel, que supo abrir la puerta de su casa y de su corazón para recibir a la Virgen.
El Evangelio de la misa del día en que prediqué sobre este tema, termina presentándonos a Jesús recorriendo ciudades y aldeas, anunciando el Reino y derramando el bien a su paso. El Señor sigue haciendo hoy ese mismo recorrido. Sigue pasando cerca de nuestra vida y esperando ser recibido. Mucho antes de recorrer los caminos de Galilea, llegó por primera vez a una casa escondido en el seno de María. Aquella casa fue la de Isabel. Humanamente llegaba una joven de Nazaret para visitar a su anciana pariente. A los ojos de la fe, era el mismo Señor quien llamaba discretamente a la puerta.
Lo admirable de Isabel no fue simplemente la hospitalidad. Fue su capacidad de descubrir lo que los ojos no podían ver. Acogió a María antes de comprender plenamente el misterio que llevaba en su seno. Solo después, iluminada por el Espíritu Santo, pudo exclamar: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”. Isabel descubrió que María nunca viene sola. Quien la recibe con un corazón limpio termina encontrándose siempre con Jesucristo. Ése fue el gran descubrimiento de aquella mujer sencilla y creyente.
También nosotros estamos llamados a parecernos a Isabel. Vivimos esperando grandes manifestaciones de Dios y, sin embargo, Él suele presentarse con la discreción de una visita inesperada. Llama sin imponerse. Espera ser acogido. Quizá el mayor obstáculo para la fe no sea la falta de pruebas, sino la puerta cerrada del corazón. Isabel nos enseña que la acogida precede muchas veces a la comprensión. Primero abrió su casa; después Dios le abrió los ojos. Primero recibió a María; después reconoció al Señor.
Ésa es la segunda etapa del camino que estamos recorriendo en esta novena. Gabriel nos enseñó a entrar en la casa de María. Isabel nos enseña ahora a abrirle la nuestra. Porque toda casa que abre de verdad su puerta a la Virgen termina convirtiéndose, antes o después, en un hogar donde Cristo también encuentra un lugar.
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