domingo, 12 de julio de 2026

VIVIR Y MORIR CON MARÍA (Novena del Carmen 3)

 


    “Sembrad con justicia, recoged con amor. Poned al trabajo un ‘terreno virgen’. Es tiempo de consultar al Señor, hasta que venga y haga llover sobre vosotros la justicia” (Os 10,12).


    Ayer continué en este blog una pequeña serie de reflexiones inspiradas en la novena que estoy predicando en honor de la Santísima Virgen del Carmen. El hilo conductor es siempre el mismo: contemplar a María a través de las personas que tuvieron la gracia de encontrarse con Ella. Cada una descubrió un aspecto de su misterio y, al mismo tiempo, nos enseña una actitud para acercarnos hoy a la Madre del Señor. Después de san Gabriel, que nos invitaba a entrar en la casa de María, y de santa Isabel, que nos enseñó a acogerla, hoy nos detenemos en san José, el hombre elegido por Dios para vivir junto a la Virgen.


    En la primera lectura de la misa de aquel día el profeta Oseas nos invitaba a trabajar un “terreno virgen”. La expresión es de una belleza extraordinaria. Un terreno virgen exige respeto, paciencia y dedicación. No puede cultivarse de cualquier manera. Algo semejante ocurrió con san José. Dios puso en sus manos el mayor de los tesoros: Jesús y María. José comprendió desde el principio que no era dueño de aquel misterio. Era su custodio. Toda su vida consistió en servir humildemente la obra de Dios, dejando que fuera el Señor quien guiara cada uno de sus pasos.


    ¿Qué descubrió José en María? Descubrió una mujer cuya existencia pertenecía enteramente a Dios. Compartió con Ella la vida sencilla de Nazaret, el trabajo cotidiano, la oración, las alegrías y las preocupaciones de cada jornada. Nadie conoció tan de cerca la humildad, la discreción y la fidelidad de María. Y precisamente porque vivió con Ella durante tantos años, pudo descubrir que la verdadera santidad no necesita llamar la atención. Como la semilla que germina silenciosamente bajo la tierra, así crecía cada día el misterio de Dios en aquella casa.


    ¿Y qué aprendemos nosotros de san José? Aprendemos que la mayor gracia no consiste solamente en encontrarse con María un instante, sino en vivir con Ella. Vivir con María hasta que su presencia transforme poco a poco nuestra manera de trabajar, de rezar, de amar y de esperar. Y aprender también a morir con María. La tradición cristiana ha contemplado siempre a san José expirando acompañado por Jesús y por la Virgen. Después de haber vivido tantos años junto a ellos, también entregó su vida en su compañía.


    Quizá ése sea el mayor privilegio de san José. No realizó milagros, no pronunció grandes discursos, no tuvo seguidores... Simplemente vivió con María. Y cuando llegó la hora, murió también con Ella y con Jesús. Desde entonces comprendemos que la verdadera santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en dejar que la presencia de Jesús y de María nos transforme toda la vida. Nazaret no fue solo un lugar; fue una manera de vivir. Y ésa sigue siendo hoy la vocación de todo hogar cristiano.

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