domingo, 26 de julio de 2026

UN CÁLIZ EN EL CAMINO (2)

 El primer día de toda peregrinación suele estar lleno de ilusiones. También el nuestro. Hemos salido de Madrid en avión hacia Roma y, desde allí, en autobús hasta Pietrelcina. Tras una parada para comer, hemos podido recorrer las calles donde san Pío pasó su infancia, donde comenzó a responder a la llamada de Dios y donde, ya sacerdote y enfermo, vivió todavía algunos años con su familia. Sin embargo, el tiempo (que se había calculado muy mal) se nos echó encima, y no nos ha sido posible celebrar allí la santa Misa como estaba previsto. Hemos tenido que continuar hasta San Giovanni Rotondo y solo al final de la jornada, después de la cena y ya cerca de las once menos cuarto de la noche, pudimos reunirnos en la capilla de la Casa de Espiritualidad donde nos alojamos para celebrar la Santa Misa, junto al Señor presente en el sagrario.


Quizá alguno haya sentido una cierta decepción. Cuando organizamos algo con cariño, nos cuesta aceptar que las cosas no salgan como las habíamos imaginado. Nos ocurre en las peregrinaciones y nos ocurre, sobre todo, en la vida. Hay proyectos que fracasan, planes que se alteran, puertas que se cierran, responsabilidades que pesan sobre nosotros y nos hacen pensar que todo ha salido mal. Pero la fe nos enseña una verdad profundamente consoladora: Dios nunca pierde el gobierno de los acontecimientos. Él permite nuestra libertad, permite incluso la acción de nuestros enemigos espirituales, pero sigue siendo el Señor de la historia. Si hubiera querido que este primer día transcurriera exactamente como nosotros lo habíamos previsto, así habría sucedido. Si no ha sido así, es porque también este camino, con sus contratiempos, puede convertirse en instrumento de su gracia.


No deja de ser providencial que el evangelio de la solemnidad de Santiago Apóstol nos haya hablado precisamente del cáliz. Santiago y Juan soñaban con los primeros puestos, pero Jesús les preguntó únicamente: “¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?”. El verdadero discípulo no se distingue porque todo le salga bien, sino porque sabe aceptar el cáliz que el Señor le ofrece cada día. A veces ese cáliz tiene el sabor de la enfermedad; otras, de la incomprensión, del cansancio, del fracaso o de la frustración. Beberlo con Cristo es creer que ninguna cruz es inútil y que, detrás de cada aparente derrota, el Padre está preparando una victoria más profunda.


Hoy hemos comenzado nuestra peregrinación aprendiendo una de las primeras lecciones del camino: no hemos venido a que se cumplan nuestros planes, sino a dejarnos conducir por los planes de Dios. Y esos planes son siempre mejores que los nuestros, aunque muchas veces solo podamos comprenderlo cuando miramos hacia atrás. La Eucaristía celebrada al final de una jornada larga, cansada e imperfecta quizá haya sido, precisamente por eso, uno de los momentos más auténticos de este primer día. Allí comprendimos que el verdadero centro de la peregrinación no era Pietrelcina ni San Giovanni Rotondo, sino Cristo, que nos esperaba pacientemente para enseñarnos a beber con Él el cáliz de cada jornada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario