Un año antes de la muerte de san Francisco de Asís, el santo visitó a santa Clara en San Damián. Se encontraba profundamente abatido. La enfermedad, la casi total ceguera y las dificultades surgidas dentro de la Orden pesaban sobre su alma. Después de escucharle en silencio, Clara pronunció solamente cuatro palabras: “Dios es, y basta”. No necesitó decir nada más. Aquellas palabras bastaron para devolver la paz al corazón de Francisco, que salió de allí lleno de alegría, alabando al Señor.
También esa podría haber sido la divisa de san Charbel. Él no escribió grandes tratados ni predicó a las multitudes. Su vida entera fue una silenciosa proclamación de que “Dios es, y basta”. Cuando un hombre descubre de verdad que Dios existe, que Dios ama y que Dios llena el corazón, todo lo demás encuentra su sitio. No dejan de existir los sufrimientos, las renuncias o la soledad, pero dejan de ocupar el primer lugar. El Absoluto ha aparecido y todo lo demás queda iluminado por Él.
Quizá por eso san Charbel, sorprendentemente, atrae hoy a tantos hombres y mujeres, precisamente en una época tan distinta de la suya. Vivimos rodeados de ruido, de prisas y de distracciones; buscamos continuamente algo que calme nuestra inquietud. Y, sin embargo, el testimonio de aquel humilde ermitaño sigue diciendo, con una fuerza extraordinaria, que el corazón humano solo descansa cuando descansa en Dios. Lo que parecía una vida escondida se ha convertido en un faro para miles de personas.
San Charbel, enséñanos a buscar a Dios por encima de todas las cosas, para que nuestro corazón encuentre en Él la paz, la alegría y la plenitud que nunca pasan. Amén.
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