sábado, 1 de agosto de 2026

EL REGRESO (y 8)

Ayer, fiesta de san Ignacio de Loyola, concluyó nuestra peregrinación. Salimos por la mañana de Medjugorje hacia Dubrovnik, perdiendo como siempre mucho tiempo en el paso de la frontera. Aun así, pudimos recorrer a nuestro aire el extraordinario casco histórico de la ciudad, tan evocador de las ciudades del quattrocento italiano. Paseamos por sus calles y plazas, visitamos el claustro de San Francisco, la catedral… Compartimos finalmente una agradable comida junto al puerto, desde donde parten continuamente pequeñas embarcaciones hacia las islas cercanas. Coincidiendo con la fiesta del santo, también subimos hasta la iglesia de San Ignacio de Loyola. Su interior, de marcado estilo jesuítico, culmina en un gran ábside presidido por la gloria del fundador de la Compañía de Jesús, como una invitación a que toda nuestra vida esté orientada, también después de la peregrinación, a la mayor gloria de Dios.


La santa Misa la celebramos en la iglesia de San Blas, patrono de Dubrovnik, donde se veneran sus reliquias en el magnífico relicario dorado del altar mayor. Al terminar, todos los peregrinos pudieron recibir el antiguo sacramental propio de este templo: dos cirios entrelazados se apoyan sobre la garganta mientras el sacerdote imparte la bendición. La tradición recuerda el milagro por el que el obispo san Blas, camino del martirio, salvó a un niño que se ahogaba con una espina de pescado, y desde entonces la Iglesia lo invoca como protector de quienes padecen enfermedades de la garganta.


Mientras impartía aquella bendición pensaba que no solo pedíamos conservar sana la voz. También suplicábamos al Señor, por intercesión de san Blas, que nunca nos faltara el valor para proclamar cuanto hemos visto y oído. Hemos recorrido lugares donde Dios ha dejado una huella singular de su gracia: Pietrelcina y San Giovanni Rotondo, unidos para siempre al padre Pío; la gruta de san Miguel Arcángel; Lanciano y el milagro eucarístico; la Santa Casa de Loreto; Medjugorje, donde tantos corazones vuelven a encontrarse con Dios por medio de la Virgen María. Ahora nos corresponde dar testimonio. Que san Blas conserve nuestra voz para anunciar bien alto, con sencillez y firmeza, que Dios es, que Dios está y que Dios salva.


Las largas horas de espera en el aeropuerto, lejos de resultar una pérdida de tiempo, acabaron convirtiéndose en un hermoso momento de la peregrinación. Ya sin horarios que cumplir ni visitas que realizar, en conversaciones particulares, comenzaron a brotar los testimonios de gracias recibidas. Alguien que se había confesado después de muchos años sin hacerlo; alguien que había recibido una inesperada llamada de su hijo con quien no se hablaba desde hacía más de dos años; alguien que había tenido una experiencia de cercanía de Dios muy intensa durante la adoración eucarística… Son gracias que no pueden pesarse ni medirse, pero que quienes las reciben saben reconocer como auténticos regalos del Señor por intercesión de la Santísima Virgen.


Y todavía algo importante. Una peregrinación no termina cuando el avión toma tierra, ni siquiera cuando abrimos la puerta de nuestra casa. Solo concluye de verdad cuando aquello que el Señor ha sembrado durante el camino comienza a dar fruto en la vida cotidiana. Al mirar hacia atrás comprendemos que el verdadero destino de este viaje nunca fue Italia, Bosnia-Herzegovina o Croacia. El verdadero destino era el corazón de cada uno de nosotros. Allí es donde Dios quería llegar. Allí es donde ahora comienza, de verdad, la peregrinación.


Santa María, Reina de la Paz, no permitas que olvidemos las gracias recibidas. Haz que todo lo que hemos contemplado y vivido dé fruto abundante en nuestra vida y que, con la voz y con el testimonio, anunciemos siempre que tu Hijo vive, nos ama y nos salva. Amén.