“La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: ‘Pídeme lo que quieras, que te lo daré’. Y le juró: ‘Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino’. Ella salió a preguntarle a su madre: ‘¿Qué le pido?’. La madre le contestó: ‘La cabeza de Juan el Bautista’. Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: ‘Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista’.” (Mc 6,22-25).
La memoria del martirio de san Juan Bautista, que hoy celebramos, tiene para mí un significado especialmente profundo, porque en este día se cumple el aniversario de mi bautismo. No puedo contemplarlo como una coincidencia indiferente. Aunque nací el día de un santo apóstol, mi vida cristiana comenzó bajo el signo del precursor, del hombre que vino para preparar los caminos del Señor y que terminó entregando la vida para dar testimonio de la verdad. Con el paso de los años también yo he ido descubriendo mi vocación de precursor: abrir caminos al Señor, prestarle mi voz y entregarle mi vida. Ser precursor no consiste en ocupar el lugar de Cristo, sino en conducir hacia Él; no en atraer las miradas sobre uno mismo, sino en desaparecer para que todos puedan reconocer al Cordero de Dios.
Herodías exige la cabeza del Bautista “ahora mismo”. El mal suele tener prisa, porque teme el silencio en el que puede despertar la conciencia. No quiere conceder a Herodes tiempo para pensar, para rezar o para encontrar una salida. Herodes, aunque se entristece, no se convierte. Sabe que va a cometer una injusticia, pero prefiere conservar su prestigio ante los convidados. Su tristeza no basta para impedir el crimen. Juan estaba encadenado, pero conserva intacta la libertad que da la verdad. Herodes aparentemente es libre, pero está prisionero de su cobardía, de su deseo de quedar bien. También nosotros necesitamos aprender a detenernos cuando la ira, el orgullo, el miedo o el deseo de agradar nos empujan a decidir precipitadamente. Una pausa ante Dios puede evitar que una herida momentánea se convierta en un daño irreparable; porque no basta con lamentar el mal: es necesario apartarse de él, pedir perdón, reparar cuanto sea posible y comenzar de nuevo.
Señor Jesús, hoy comenzamos pidiéndote que nos hagas fieles a la gracia de nuestro bautismo. Concédenos la valentía de Juan para prestar nuestra voz a tu Palabra y entregarte enteramente nuestras vidas. Líbranos de las decisiones precipitadas y de la tristeza estéril que no conduce a la conversión. Que sepamos disminuir para que Tú crezcas y preparar tus caminos en el corazón de los hombres. Amén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario