martes, 11 de agosto de 2026

AL ATARDECER, UN ÁRBOL



    “Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche. Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin” (Sal 1,1-3).


    Estoy pasando unos días de descanso junto al mar, en un importante puerto pesquero del litoral andaluz. Al atardecer hay un momento especialmente dulce para mí: sentarme en la terraza de mi vivienda y, mientras cae lentamente la tarde, rezar el rosario y las vísperas. Desde allí contemplo el comienzo de una avenida que conduce hacia la playa, flanqueada a ambos lados por grandes eucaliptos. El más cercano, el que aparece en la fotografía que ilustra estas líneas, despierta en mí recuerdos muy lejanos.


    Se parece mucho a otro eucalipto que se alzaba cerca de la casa de campo donde transcurrieron todos los veranos de mi infancia y donde precisamente he vuelto a pasar este último fin de semana con mi familia. Y mientras desgrano las avemarías regresan imágenes de hace más de cincuenta, sesenta o incluso más años: aquellos paseos por los caminos del campo, también al atardecer, rezando juntos el rosario en familia. Lo llevaba siempre mi madre. Cerca de la casa permanecía aquel eucalipto, enorme a mis ojos de niño, con el rumor continuo de sus hojas movidas por el viento. Han pasado muchos años. El árbol ya no está, pero el rosario continúa hoy entre mis manos.


    Quizá por eso, mirando ahora este otro eucalipto, pienso que una vida humana se parece mucho a un árbol. Nunca vemos crecer un árbol. Crece silenciosamente, día tras día: hacia abajo, hundiendo sus raíces en la tierra, y hacia arriba, buscando la luz, siempre la luz. También nosotros vamos creciendo así, casi sin advertirlo. Solo cuando miramos hacia atrás descubrimos cuánto camino hemos recorrido, cuántas raíces se han hundido en nuestra historia y cuántas ramas han ido buscando el cielo.


    El eucalipto que contemplo tiene dos grandes ramas que nacen de un mismo tronco. Y no puedo evitar ver en ellas dos realidades que han acompañado toda mi vida. Una es la fe recibida. Desde muy pequeño aprendí de memoria el catecismo; después, ya adolescente y joven, llegó el descubrimiento apasionante de la Sagrada Escritura y, poco a poco, una comprensión cada vez más profunda de la Revelación de Dios. La otra rama es la razón. Siempre he sido preguntón. Me gusta saber el porqué de las cosas, leer, investigar, pensar, intentar comprender. Dios nos ha dado la inteligencia precisamente para utilizarla. Nunca he sentido la razón como enemiga de la fe. Al contrario: cuanto más he buscado comprender, más he descubierto la extraordinaria hondura y racionalidad de la fe cristiana.


    Pero basta mirar atentamente cualquier árbol para descubrir que no todo en él son ramas vigorosas y hojas verdes. Hay ramas truncadas, heridas antiguas, cortezas desgarradas, hojas secas. También las hay en una vida: equivocaciones, frustraciones, pecados, decisiones que hoy tomaríamos de otra manera, caminos que no condujeron adonde esperábamos. Quizá nos gustaría arrancar de nuestra historia toda esa hojarasca. Pero también ella pertenece al árbol. Dios no nos pide que neguemos nuestra historia, sino que se la entreguemos entera. Incluso nuestras heridas pueden convertirse, bajo su mirada misericordiosa, en lugares por donde entre la luz.


    No sé si todo esto significa que me distraigo mientras rezo el rosario. Quizá sí. Pero hay distracciones que terminan convirtiéndose en oración. Mientras las avemarías van pasando entre los dedos y las hojas del eucalipto murmuran con la brisa del atardecer, vuelvo a recorrer mi vida. Y entonces el recuerdo se hace súplica y, sobre todo, acción de gracias. Gracias por las raíces y por las ramas altas, por lo comprendido y por lo que todavía permanece en el misterio, por los frutos y también por las heridas. Gracias, Señor, porque has estado silenciosamente presente todo el tiempo y porque, después de tantos años, el árbol sigue creciendo y creciendo hacia la luz.



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