“Sed como el pájaro, posado por un instante sobre ramas demasiado frágiles, que siente doblarse la rama y, sin embargo, continúa cantando, sabiendo que tiene alas” (Victor Hugo, “Dans l’église de ***”, VI, Les Chants du crépuscule).
Hoy han llegado a mis manos estos versos del gran poeta francés Victor Hugo (1802-1885), que me han ayudado a meditar sobre la fe y la esperanza. El pájaro no ignora la fragilidad de la rama ni deja de percibir cómo se curva bajo su peso. Pero no interrumpe su canto, porque su seguridad no depende de que la rama resista: sabe que tiene alas.
Reconozco que muchas veces busco ramas firmes: la salud, la familia y los amigos, una perfecta planificación, la protección de determinadas personas, mi propia formación, la estabilidad económica... Quisiera tenerlo todo asegurado para así poder descansar y vivir en paz. Pero ninguna realidad de este mundo puede ofrecerme una seguridad absoluta. Todas las ramas pueden terminar doblándose; algunas, incluso, pueden llegar a quebrarse.
La confianza cristiana no consiste en creer que la rama resistirá siempre. Dios no me ha prometido que nada cambiará, que nunca enfermaré, que no perderé a nadie o que todos mis proyectos se cumplirán. Me ha prometido algo mucho más profundo: que nunca dejaré de ser hijo suyo, que su gracia me sostendrá y que, incluso cuando desaparezca aquello en lo que me apoyaba, jamás caeré fuera de sus manos.
Las alas no son únicamente mis cualidades ni mi capacidad para seguir adelante por mí mismo. Son la fe y la esperanza recibidas con la gracia bautismal; son también la acción del Espíritu Santo y la certeza de que tengo un Padre bueno, que vela por “las aves del cielo” y, con mucho más motivo, por mí. Mi seguridad no está en la consistencia de la rama, sino en la fidelidad de Dios. Si olvido que tengo alas, cualquier movimiento me asusta; cuando recuerdo que soy hijo, puedo recuperar la paz aun sintiendo que todo se mueve bajo mis pies.
Y queda todavía la imagen más hermosa: el pájaro continúa cantando mientras la rama se dobla. No canta después de comprobar que el peligro ha pasado. Canta mientras todo tiembla. La alegría cristiana no nace ni se expresa únicamente cuando se resuelven los problemas, sino también cuando, en medio de ellos, sabemos que Dios permanece. Tal vez no necesitemos que Dios nos dé una rama más fuerte. Tal vez necesitemos recordar que somos sus hijos, abrir las alas de la fe y continuar cantando.
Padre bueno, cuando tiemble la rama sobre la que descansamos, no permitas que el miedo apague nuestro canto. Recuérdanos que somos tus hijos, que tu gracia nos sostiene y que nunca podremos caer fuera de tus manos. Danos alas de fe y esperanza para abandonarnos en ti y conservar la paz aun en medio de la incertidumbre. Amén.
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