sábado, 8 de agosto de 2026

UN DOMINGO COMO HOY


    “Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva” (1 Re 19,12-13).

    Era el domingo 10 de agosto de 1975. Acababa de terminar el segundo curso de Derecho, me faltaban solo unos días para cumplir veinte años y me encontraba en Cádiz, donde veraneaba con mi familia. Acudí a la parroquia de San José, donde presidiría la misa el entonces obispo de la diócesis, monseñor Antonio Dorado. Era el domingo XIX del Tiempo ordinario, como hoy. No recuerdo una sola palabra de la homilía que predicó sobre la primera lectura del primer libro de los Reyes. Sin embargo, recuerdo perfectamente la huella que dejó en mí. Aquel día comprendí algo sobre la oración y sobre la vida espiritual que me ha acompañado desde entonces.

    Elías, en el Horeb, espera el paso de Dios. Llega un huracán capaz de quebrar las rocas, pero allí no está el Señor. Llega un terremoto terrible, y tampoco está allí. Llega un fuego devorador, y tampoco. Finalmente se escucha apenas el susurro de una brisa suave. Entonces Elías se cubre el rostro y sale de la cueva: ha reconocido la presencia de Dios.

    Desde aquel lejano verano he ido comprendiendo cada vez mejor esta lección. Las cosas de Dios suelen hacer poco ruido. Hace más la paciencia que la violencia, la humildad que el afán de sobresalir, una palabra serena que un grito, un pequeño gesto de amor que una acción espectacular. Dios gusta de lo pequeño, de lo sencillo, de lo escondido. Por eso necesitamos disponernos a cultivar la vida interior.

    También en la oración podemos buscar equivocadamente el huracán, el terremoto o el fuego: emociones intensas, experiencias extraordinarias, respuestas inmediatas. Y Dios quizá está pasando silenciosamente a nuestro lado en una Eucaristía cotidiana, en unos minutos ante el sagrario, en un rosario rezado con devoción, en la fidelidad de cada día. Eso sí, para escuchar una brisa suave hace falta silencio.

    Han pasado más de cincuenta años desde aquella tarde de agosto. He olvidado las palabras del predicador, pero no lo que Dios quiso decirme a través de ellas: Dios hace menos ruido del que nosotros nos imaginamos. Y quizá toda la vida espiritual consista, en buena medida, en aprender a reconocer su paso en el susurro de la brisa suave.

    Señor, enséñanos a hacer silencio para escuchar tu voz, a buscarte en lo pequeño, en lo sencillo y en lo escondido. Danos un corazón sereno, capaz de reconocer tu presencia en la oración, en las personas y en las pequeñas cosas de cada día. Que, en medio de tantos ruidos, sepamos descubrir siempre el susurro de tu brisa suave.

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