Regreso profundamente agradecido al Señor. Hay experiencias que pueden narrarse y otras que pertenecen al secreto diálogo entre Dios y el alma. Durante esta peregrinación he recibido gracias que deseo guardar con la discreción con que se custodian los mayores tesoros. Pienso especialmente en Medjugorje. En Medjugorje no se va a aprender cosas nuevas, sino a despertar. A despertar para vivir con el corazón, y desde el corazón, aquello que siempre hemos sabido, pero que con frecuencia vivimos de manera rutinaria: rezar el rosario, celebrar la santa Misa, acudir al sacramento de la reconciliación, adorar a Jesús presente en la Eucaristía, recorrer el Vía Crucis, ayunar… Lo extraordinario no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en vivir con el corazón las cosas más sencillas de la vida cristiana. He leído una frase de Hans Urs von Balthasar que me ha llamado la atención: “Solo hay un peligro para Medjugorje: que la gente pase de largo.” Creo que tenía razón. Medjugorje es una gracia, un don del cielo para despertarnos del sueño espiritual en que con tanta facilidad vivimos y volver a poner a Dios en el centro de nuestra vida.
Mañana la Iglesia celebra a la Virgen de las Nieves. Según una antigua y hermosa tradición, la Virgen indicó al papa Liberio y a un matrimonio romano el lugar donde deseaba que se levantara un templo en su honor haciendo caer una inesperada nevada sobre la colina del Esquilino en pleno mes de agosto. Allí se alza hoy la basílica de Santa María la Mayor. Sea cual sea el modo en que naciera esta tradición, su mensaje permanece siempre vivo: cuando María interviene, la gracia de Dios hace posible lo que parecía imposible y refresca el corazón incluso en medio del calor del verano.
Esta fiesta tiene para mí un significado muy especial. Cuando decidí consagrarme a la Virgen María, elegí, como suele recomendarse, una fiesta mariana para culminar los treinta y tres días de preparación. La primera que encontré en el calendario fue precisamente la del 5 de agosto. Comencé entonces aquel itinerario espiritual. Llegado el día señalado, me dirigí a la parroquia del pueblo donde vivía desde hacía poco tiempo para realizar mi consagración delante del Santísimo Sacramento y ante una imagen de la Virgen. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir aquel mismo día que la titular de la parroquia era, precisamente, Nuestra Señora de las Nieves. Nunca antes lo había sabido. Lo viví como uno de esos pequeños guiños con los que la Virgen, de vez en cuando, deja percibir delicadamente su cercanía maternal.
Quizá todos necesitamos alguna “nieve de agosto”. No necesariamente un acontecimiento extraordinario, sino ese detalle providencial con el que Dios nos despierta, nos recuerda que sigue caminando a nuestro lado y nos invita a reemprender el camino con un corazón nuevo. La peregrinación ha terminado, pero el verdadero viaje continúa. Ya no habrá montes que subir ni largas carreteras que recorrer. El nuevo itinerario discurre por el silencio de la oración, por la fidelidad de cada día y por esa paz interior con la que María conduce siempre hacia su Hijo.
Que Nuestra Señora de las Nieves haga descender sobre todos nosotros la blancura de la gracia, el frescor de la esperanza y la alegría serena de quienes saben que nunca caminan solos.
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