martes, 28 de julio de 2026

ÁNGEL CELESTIAL, ÁNGEL HUMANO (5)

Hoy nuestra peregrinación ha estado acompañada por dos ángeles. Uno del cielo y otro de la tierra. El primero ha sido san Miguel Arcángel, a cuyo santuario del Monte Sant’Angelo hemos subido por la mañana para venerar el lugar donde, según una antiquísima tradición, quiso manifestar su protección sobre el pueblo cristiano. Descendiendo a aquella gruta sagrada, donde durante siglos han orado innumerables peregrinos, hemos recordado que Miguel no es solo el vencedor del maligno, sino también el gran testigo de la gloria de Dios. Su mismo nombre es una pregunta que atraviesa toda la historia: “¿Quién como Dios?”. Nadie. Nada. Solo Él merece el primer lugar en nuestro corazón. Solo Él puede colmar el anhelo infinito con que hemos sido creados.


Al mediodía hicimos un alto en Manfredonia. Algunos peregrinos pudieron acercarse a la playa, mientras otros paseaban por el paseo marítimo o se acercaban ala catedral. Allí compartimos también la comida antes de reemprender el camino. Aquella pausa junto al Adriático fue un momento de descanso y convivencia entre los peregrinos, antes de continuar hacia el destino de la tarde.


Al llegar a Bari visitamos la basílica que custodia el cuerpo de san Nicolás, trasladado desde Mira en el siglo XI y venerado desde entonces tanto por cristianos de Oriente como de Occidente. Si Miguel nos conduce hacia Dios, Nicolás nos conduce hacia los hombres. Toda su vida quedó marcada por una caridad tan delicada como generosa, hasta el punto de que las innumerables tradiciones nacidas en torno a su figura tienen siempre el mismo hilo conductor: un corazón que no sabía permanecer indiferente ante la necesidad ajena. También él fue un ángel, un enviado de Dios, pero con rostro humano, enviado para recordarnos que nadie puede decir que ama al Señor si permanece insensible ante el sufrimiento de sus hermanos.


Hoy hemos comprendido que estos dos ángeles anuncian, en realidad, un único Evangelio. Miguel nos enseña a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas. Nicolás nos enseña a amar al prójimo como a nosotros mismos. No son dos caminos distintos, sino los dos brazos de una misma cruz y los dos latidos inseparables de una misma vida cristiana. Solo cuando ambos amores crecen juntos alcanza el hombre la plenitud para la que fue creado. Quizá por eso el Señor ha querido que nuestra peregrinación encontrara hoy, en un mismo día, un ángel del cielo y un ángel de la tierra.

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