“Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas. (…) Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis; en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre quien hablará por vosotros” (Mt 10,16-20).
Continúo compartiendo en este canal algunas de las reflexiones nacidas durante la novena que estoy predicando en honor de la Santísima Virgen del Carmen. El hilo conductor es siempre el mismo: contemplar a María a través de las personas que tuvieron la gracia de encontrarse con Ella. Cada una descubrió un aspecto de su misterio y, al mismo tiempo, nos enseña una actitud para acercarnos hoy a la Madre del Señor. Después de los pastores de Belén, que nos enseñaban a vivir en vela, el quinto día de la novena nos conduce hasta dos ancianos del Templo: Simeón y Ana. Ellos nos enseñan una actitud indispensable para la vida espiritual: reconocer.
En el Evangelio de la misa de aquel día, Jesús exhortaba a sus discípulos a ser “sagaces como serpientes y sencillos como palomas”. Esa sagacidad no consiste en saber engañar ni en desenvolverse con astucia humana. Es la capacidad de descubrir la presencia de Dios allí donde otros no la reconocen. Eso fue precisamente lo que ocurrió en el Templo de Jerusalén. Entre la multitud que entraba y salía cada día, Simeón y Ana supieron reconocer el acontecimiento más grande de la historia. Todos veían a una madre joven con su hijo en brazos; ellos descubrieron al Mesías esperado durante siglos.
¿Qué descubrieron en María? Descubrieron que aquella mujer humilde llevaba en sus brazos el cumplimiento de todas las promesas de Dios. Simeón tomó al Niño entre sus brazos, pero antes lo había recibido de los brazos de María. Ana comprendió que la larga espera de Israel llegaba por fin a su cumplimiento. Ambos descubrieron que la verdadera sabiduría consiste en reconocer la acción de Dios cuando se presenta con la humildad de lo cotidiano. La grandeza de María no estaba en llamar la atención sobre sí misma, sino en presentar silenciosamente al Salvador.
¿Qué aprendemos nosotros de Simeón y Ana? Aprendemos que esa sagacidad evangélica nace de un corazón purificado por la oración, la espera y la fidelidad. Simeón llevaba años dejándose conducir por el Espíritu Santo; Ana servía a Dios noche y día con el ayuno y la oración. Por eso fueron capaces de reconocer lo que pasó inadvertido para los demás. Dios sigue pasando hoy por nuestra vida con la misma discreción. También nosotros necesitamos esa mirada limpia que distingue su presencia en medio de la sencillez, sin esperar siempre lo extraordinario.
Quizá el verdadero secreto de Simeón y de Ana no fue su experiencia, ni su edad, ni siquiera su fidelidad. Fue su docilidad al Espíritu Santo. San Lucas insiste una y otra vez en que Simeón estaba movido por el Espíritu. No reconoció al Mesías porque fuera más inteligente que los demás, sino porque miraba con los ojos del Espíritu. También el Evangelio de aquel día terminaba recordándonos que es el Espíritu del Padre quien habla y actúa en sus discípulos. Ésa es también nuestra gran necesidad. Vivimos rodeados de la presencia de Dios, pero con frecuencia nos falta esa mirada interior que sabe descubrirla. María sigue presentando a Cristo al mundo con la misma humildad con que lo presentó en el Templo. Solo el Espíritu Santo puede enseñarnos a reconocer, detrás de la sencillez de aquella Madre, la presencia del Salvador.
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