“Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19,26-27).
Con esta reflexión concluye el recorrido que he querido compartir durante estos días siguiendo el itinerario de la novena en honor de la Virgen del Carmen. Hemos ido acercándonos a María de la mano de quienes tuvieron la gracia de encontrarse con Ella. San Gabriel nos enseñó a entrar en su casa; santa Isabel, a acogerla; san José, a vivir y morir con Ella; los pastores, a velar; Simeón y Ana, a reconocer; los Magos, a buscar; los servidores de Caná, a confiar; san Juan, a permanecer; y la Iglesia naciente, reunida en el Cenáculo, a orar con María y como María.
Podría parecer que el camino termina aquí. Pero, en realidad, los nueve personajes no eran el final del camino. Eran nuestros maestros. Cada uno nos ha enseñado una actitud del corazón, un paso necesario para acercarnos a la Virgen. Gracias a ellos hemos aprendido a contemplarla con ojos nuevos. Sin embargo, el Evangelio no concluye con ninguno de ellos. Termina dejando una puerta abierta.
Esa puerta conduce hasta nosotros. El décimo personaje ya no pertenece a las páginas del Evangelio. El décimo personaje eres tú. Soy yo. Somos todos los que, siglos después, seguimos escuchando las palabras de Jesús: “Ahí tienes a tu madre.”
Ésa es la gran pregunta con la que termina la novena. Ya no importa tanto qué descubrieron Gabriel, Isabel, José o los Magos. La pregunta decisiva es otra: ¿qué descubro yo en María? ¿Qué lugar ocupa realmente en mi vida? Porque la devoción a la Virgen no consiste solamente en admirarla, invocarla o hablar de Ella. Consiste en recibirla.
El evangelista añade un detalle de extraordinaria sencillez: “Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.” No dice que la recibiera solo bajo su techo. La expresión significa mucho más. La recibió entre las cosas más íntimas de su vida, en aquello que le era más propio. Ésa es también la invitación que Jesús dirige hoy a cada uno de nosotros. No basta con visitar de vez en cuando la casa de María; hemos de dejar que María entre en la nuestra.
Si estos días de novena han servido para conocerla un poco más, para amarla un poco más y, sobre todo, para abrirle un poco más la puerta de nuestro corazón, entonces el camino habrá dado fruto. Porque la novena termina, pero la presencia de María en nuestra vida no termina nunca. Al contrario, es precisamente ahora cuando comienza de verdad. Ése es el último regalo que el Señor nos hace desde la cruz: una Madre que nos acompañe hasta conducirnos definitivamente a Él.
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