El pasado 22 de mayo sufrí un problema de salud que me obligó a detener el ritmo habitual de mi vida y de mi ministerio. Fueron días de incertidumbre, de pruebas médicas y de espera, vividos con la confianza puesta en Dios y sostenido por la oración de muchas personas. En medio de todo ello, el 29 de mayo alguien llegó con un regalo inesperado: una orquídea blanca del género Phalaenopsis. El 18 de junio, otra persona, sin saber nada de lo anterior, me regaló una segunda orquídea, también Phalaenopsis y también blanca. Las dos siguen floreciendo en mi casa y se han convertido para mí en un recuerdo permanente de aquellos días.
Siempre me han gustado las flores, y las orquídeas de una manera muy especial, aunque nunca había tenido ninguna en casa. En el colegio CEU San Pablo de Sevilla, donde trabajé durante años, en alguna ocasión colocamos una orquídea blanca al pie del sagrario. Queríamos que aquella flor nos representara a nosotros: que, cuando no pudiéramos estar allí, permaneciera junto a Jesús sacramentado como un signo silencioso de nuestra adoración y de nuestro deseo de hacerle compañía. Ahora, mientras hago estos ejercicios espirituales, se me ha ocurrido pensar que el Señor ha querido responder a aquel gesto. No con una, sino con dos orquídeas blancas. Han llegado precisamente cuando más necesitaba experimentar su cercanía. Como si Él mismo hubiera querido colocar junto a mi vida un signo de su presencia amorosa, del mismo modo que nosotros quisimos dejar una flor junto a su presencia eucarística. Entonces han vuelto a resonar en mi corazón aquellas palabras de Jesús: “Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen: ni trabajan ni hilan; pues os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos” (Mt. 6,28-29). Si Dios cuida con tanto esmero la belleza efímera de una flor, ¡cuánto más cuidará de cada uno de sus hijos!
Desde entonces doy gracias a Dios por estas dos orquídeas. Ya no las contemplo sólo como un hermoso regalo de dos personas que me quieren. Las miro, sobre todo, como un recordatorio de que el Señor nunca deja solos a los suyos y sabe encontrar, con una delicadeza infinita, el modo de hacerse presente en nuestra vida. Quizá todos deberíamos aprender a descubrir esas pequeñas señales con las que Dios nos habla cada día. Casi siempre son discretas, pero precisamente por eso resultan aún más elocuentes para quien procura vivir con el corazón despierto.
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