“Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde la montaña diciendo: Así dirás a la casa de Jacob y esto anunciarás a los hijos de Israel: ‘Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos’” (Ex. 19,3-5).
En la primera lectura de la misa de este domingo encontramos una frase que fácilmente puede pasar desapercibida, pero que encierra toda una manera de comprender la historia de la salvación. Dios recuerda a Israel que lo ha sacado de Egipto, que lo ha protegido y conducido a través del desierto, pero al resumir todo lo que ha hecho utiliza una expresión sorprendente: “os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí”. El objetivo último de toda su acción era acercar aquel pueblo a Él. No llevarlo a un lugar concreto, sino acercarlo a Él.
De algún modo, toda la historia de la salvación puede contemplarse desde esta perspectiva. Dios busca al hombre desde el principio. Lo llama, lo espera, sale a su encuentro una y otra vez. Y cuando llega la plenitud de los tiempos, envía a su propio Hijo para realizar esa obra de acercamiento de una manera definitiva. Jesucristo no vino únicamente a enseñarnos unas verdades sobre Dios, sino a conducirnos hasta Él. Toda su vida, desde Belén hasta el Calvario, fue un camino tendido entre Dios y los hombres. Con sus palabras reveló el rostro del Padre; con sus gestos mostró su misericordia; con su muerte y resurrección abrió para todos nosotros el camino de regreso al Paraíso.
Pero la misión no terminó con la Ascensión del Señor. El Evangelio de hoy (Mt. 9,36–10,8) nos muestra cómo Jesús contempla a las multitudes y se conmueve porque están cansadas y desorientadas, “como ovejas que no tienen pastor”. Entonces envía a sus discípulos para continuar la misma tarea que Él había recibido del Padre. No los envía para organizar una institución poderosa, ni para hablar de sí mismos. Los envía para ayudar a los hombres a encontrar el camino que conduce a Dios.
Quizá aquí encontremos una enseñanza especialmente actual. Hoy los hombres no buscan teorías ni discursos sobre Dios. En el fondo de sus corazones anhelan hablar con el mismo Dios. Y buscan para ello a quienes puedan ofrecerles una palabra que ilumine sus dudas, una esperanza que sostenga sus luchas, una orientación para sus decisiones, un sentido para sus sufrimientos. Dicho de otra manera, buscan a Dios en “hombres de Dios”: profetas, maestros, apóstoles… todo a un tiempo. Por eso la misión de la Iglesia consiste en ayudar a los hombres a descubrir que Dios está cerca, en medio de su pueblo, y que sigue saliendo a su encuentro.
En este contexto se comprende mejor la misión del sacerdote. No está llamado a sustituir a Dios, sino a hacerlo presente, a hablar en nombre de Dios, a consolar en nombre de Dios, a orientar el camino en nombre de Dios, a dar fuerzas en nombre de Dios, a sanar en nombre de Dios. Su consuelo debería reflejar la compasión con la que Dios mira a sus hijos. Su orientación debería ayudar a descubrir los caminos por los que el Señor conduce cada vida. No se trata de ser un superhombre ni un sabio capaz de responder a todas las cuestiones, pero sí de alguien que deja que Cristo viva y actúe a través de su ministerio para seguir acercando a los hombres al Padre.
El sacerdote debe ser maestro de doctrina, porque las verdades eternas no cambian y el pueblo de Dios necesita recordarlas constantemente. Pero también debe ser maestro de vida, capaz de acompañar a las personas en los problemas concretos de cada día. Porque no basta con señalar el camino que se debe seguir: hay que saber recorrerlo junto a quienes les han sido confiados a su cuidado.
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