“El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo” (Mt. 13,44).
Ayer prediqué esta parábola a las clarisas a quienes doy ejercicios espirituales. Y hoy, la fiesta de San Antonio de Padua que celebro con ellas, me sugiere esta reflexión que les comparto.
Antes de ser conocido como Antonio, se llamaba Fernando. Nacido en Lisboa, a los quince años ingresó en un monasterio de los canónigos regulares de San Agustín. Impresionado por el ejemplo de los primeros mártires franciscanos, pidió ingresar en la Orden Franciscana con un deseo muy concreto: ir a Marruecos para allí morir mártir. Sin embargo, los planes de Dios eran distintos. Llegó a África, pero enfermó gravemente y tuvo que regresar. Una tempestad desvió el barco en el que viajaba y terminó desembarcando en Sicilia. Más tarde participó en una gran reunión de frailes convocada por san Francisco de Asís y fue destinado a un pequeño eremitorio llamado Montepaolo, cerca de Forlí.
Allí pasó desapercibido. Nadie parecía reparar especialmente en él. Realizaba los trabajos más sencillos: la cocina, la limpieza y otros servicios humildes. No destacaba. Apenas hablaba. A los ojos de muchos era un muchacho inculto y torpe. Hasta que un día, durante una celebración en la que se necesitaba un predicador y nadie estaba preparado para hacerlo, le pidieron que hablara. Aquel fraile silencioso comenzó a predicar y dejó asombrados a todos. Los hermanos descubrieron entonces que Antonio escondía una extraordinaria sabiduría, una profunda vida espiritual y un conocimiento excepcional de la Sagrada Escritura. Durante todo aquel tiempo había permanecido oculto, como un tesoro enterrado en un campo.
Vivimos una época muy distinta. Muchas personas sienten la necesidad de hacerse visibles. Se busca destacar, llamar la atención, acumular seguidores, obtener reconocimiento. Las redes sociales han multiplicado ese deseo de ser vistos. A veces parece que lo importante no es ser, sino aparecer. Los santos recorrieron otro camino. No tenían prisa, ni deseos de ser conocidos. No vivían pendientes de la opinión de los demás. No necesitaban exhibirse continuamente. Les bastaba con estar donde Dios quería que estuvieran y hacer con fidelidad aquello que Él les pedía.
Por eso pienso que la parábola del tesoro escondido puede también aplicarse de otra manera. Fernando de Lisboa descubrió en Cristo el tesoro por el que valía la pena dejarlo todo. Pero después fue él mismo quien permaneció oculto durante años como un tesoro escondido que nadie sino Dios veía. Los hombres pueden encontrar tesoros escondidos por casualidad. Dios, sin embargo, los busca y los encuentra. Los encuentra donde nadie imagina: en corazones sencillos y humildes que no tienen necesidad de hacerse notar, en personas que pasan inadvertidas y cuya grandeza permanece oculta.
Quizá haya muchos de estos tesoros escondidos a nuestro alrededor. Personas que nunca aparecerán en los periódicos ni serán seguidas por multitudes, pero cuya fe, bondad y fidelidad tienen un valor inmenso ante los ojos de Dios. Tal vez el mundo no sepa quiénes son, pero Dios sí.
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