martes, 9 de junio de 2026

DESTERRADOS


    En estos días me hospedo en una casita adosada al monasterio de las Clarisas de Tordesillas, que sirve de hospedería para familiares de las monjas y sacerdotes, y aquí he descubierto una curiosidad histórica. Pared con pared con ella, y dentro del recinto del mismo monasterio, hay otra casa parecida de sencilla apariencia, hoy vacía y cerrada, que pueden ver en la fotografía. En ella durmieron un emperador de los franceses, Napoleón Bonaparte; una reina de España, Isabel II; y otras muchas personalidades del mundo de la política, de las letras y de las artes.


    Mientras la contemplaba recordé que ambos murieron desterrados, lejos del poder y de los días de gloria que en su momento tuvieron. Napoleón en Santa Elena, e Isabel II en Francia. El mundo, que tantas veces los aclamó y aduló, terminó dándoles de lado. Y comprendí que, en realidad, todos nosotros somos pobres desterrados.


    La Salve lo repite dos veces: “A ti llamamos los desterrados hijos de Eva”; y “después de este destierro, muéstranos a Jesús”. Quizá hemos oído tantas veces esas palabras que ya no nos sorprenden. Pero expresan una verdad profunda de la fe cristiana: esta tierra no es nuestra patria definitiva. Vivimos aquí, y aquí trabajamos, amamos, sufrimos y envejecemos, pero estamos de paso. Como dice Jesús, estamos en el mundo, pero no somos del mundo (Jn. 17,14-16).


    Por eso la vida espiritual puede entenderse como un regreso. Desde que el hombre salió del Paraíso, toda la historia de la salvación es el camino de vuelta al lugar de donde nunca debimos salir. Aunque no caminamos solos. Jesús mismo ha querido hacerse guía y compañero de viaje. Él toma nuestra mano, nos sostiene en los tropiezos, nos levanta cuando caemos y nos conduce por las cañadas oscuras de las que habla el salmo (Sal. 22,4).


    Este destierro tiene sus lágrimas, sus sombras y sus amarguras. La Salve lo llama “este valle de lágrimas”. Todos conocemos algo de esos caminos. Pero los cristianos avanzamos sostenidos por una esperanza que el mundo no puede dar ni quitar: la certeza de que existe una patria verdadera.


    Quizá por eso, contemplando esta vieja hospedería del monasterio de Santa Clara, pensé que toda nuestra vida se parece un poco a una hospedería. Habitamos en ella durante un tiempo, damos gracias por lo recibido y seguimos caminando. Nuestra verdadera casa está todavía por delante. Y allí, después de este destierro, veremos finalmente a Jesús.


    Señor Jesús, no permitas que olvidemos que somos peregrinos. En las alegrías y en las penas de este destierro, conserva viva nuestra esperanza y llévanos un día a la casa del Padre, donde ya no habrá despedidas ni exilios. Amén.



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