viernes, 26 de junio de 2026

PELAYO, UN CORAZÓN LIMPIO

 


    “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt. 5,8).


    Hoy es la fiesta de San Pelayo, que nació en Galicia hacia el año 911. Cuando aún era un niño, su tío, el obispo Hermogio de Tuy, cayó prisionero de los musulmanes. Para que pudiera regresar a su diócesis y reunir el dinero necesario para el rescate, Pelayo fue entregado como rehén. Sin embargo, nunca llegó a ser rescatado y permaneció en Córdoba durante varios años. Al cumplir los catorce años, la extraordinaria belleza del muchacho despertó el deseo del califa Abderramán III. Este intentó hacerlo suyo recurriendo primero a promesas de riquezas, de honores e incluso la plena libertad para practicar su fe; después con amenazas y crueles tormentos. Pelayo rechazó con absoluta firmeza cualquier concesión. Prefirió entregar su vida antes que traicionar a Cristo y manchar la pureza de su alma. El 26 de junio del año 925 sufrió el martirio, convirtiéndose en uno de los jóvenes mártires más admirados de la Iglesia española.


    La castidad no es únicamente una virtud relacionada con el cuerpo. Es la expresión de un corazón que pertenece por entero a Dios y que no acepta ser utilizado como objeto del deseo de nadie. San Pelayo comprendió, siendo apenas un adolescente, que la dignidad de la persona no tiene precio y que ningún privilegio, por grande que sea, puede comprarse al precio de la propia conciencia.


    Junto a la castidad brilló en él la fortaleza. No fue la fortaleza del orgullo ni de la violencia, sino la serenidad de quien sabe que la fidelidad vale más que la propia vida. Dios no siempre nos pedirá un martirio de sangre, pero sí pequeños martirios cotidianos: permanecer fieles cuando resulta difícil, defender la verdad cuando es incómodo, conservar limpio el corazón en un mundo que con frecuencia trivializa el amor y reduce a las personas a simples objetos de placer o de consumo.


    San Pelayo nos recuerda que la santidad no depende de la edad. También un adolescente puede alcanzar una extraordinaria madurez espiritual cuando pone toda su confianza en el Señor. La juventud no es un obstáculo para la santidad; muchas veces es el momento más hermoso para ofrecer a Dios un corazón entero, libre y sin reservas.


    Señor Jesús, que fortaleciste a san Pelayo para permanecer fiel hasta el martirio, concédenos un corazón limpio, capaz de amarte por encima de todo. Danos la fortaleza para defender siempre la verdad, la pureza y la dignidad de toda persona, sin dejarnos vencer por el miedo ni por las seducciones del mundo. Que, como aquel joven mártir, aprendamos a descubrir que nada vale tanto como permanecer unidos a ti. Amén.


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