“Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Natanael le preguntó: ‘¿De qué me conoces?’. Jesús le respondió: ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi’. Natanael respondió: ‘Rabí, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel’. Jesús le contestó: ‘¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Has de ver cosas mayores’” (Jn. 1,47-50).
Muchos cristianos piensan que la contemplación consiste principalmente en mirar a Dios. Imaginan al alma elevando los ojos hacia el cielo, buscando a Dios, contemplando sus perfecciones, intentando descubrir su presencia. Todo eso es verdad. Pero quizá la experiencia más profunda del contemplativo no sea mirar a Dios, sino dejarse mirar por Él.
La fe comienza muchas veces cuando descubrimos que Dios nos conoce. Natanael no se rindió ante una demostración de poder, ni ante un milagro espectacular. Se rindió porque comprendió que Jesús ya lo había visto antes de que él llegara. Había una mirada posada sobre su vida. Una mirada que conocía sus secretos, sus luchas, sus esperanzas y sus silencios.
También nosotros pasamos gran parte de nuestra existencia observándonos a nosotros mismos. Examinamos nuestros defectos, nuestros fracasos, nuestras heridas, nuestras limitaciones. Nos preocupamos por la imagen que ofrecemos a los demás y por la opinión que los otros tienen de nosotros. Vivimos frente al espejo. Sin embargo, la vida espiritual madura cuando dejamos de mirarnos tanto y comenzamos a vivir bajo la mirada de Dios.
Esa mirada no es la de un juez impaciente que busca errores para condenarnos. Es la mirada del Padre que ve más lejos que nuestras miserias. Él conoce nuestros pecados, pero conoce también la obra que su gracia está realizando en nosotros. Ve nuestras caídas, pero también la belleza escondida que aún no ha terminado de manifestarse. Ve lo que somos y, al mismo tiempo, lo que estamos llamados a ser.
Por eso el verdadero contemplativo vive con una certeza sencilla y luminosa: Dios lo está mirando. Mientras trabaja, mientras reza, mientras descansa, mientras lucha contra sus debilidades o atraviesa la noche oscura de la prueba, sabe que una mirada llena de amor permanece constantemente sobre él.
Quizá una de las gracias más grandes que podemos pedir sea entonces precisamente esta: creer de verdad que somos mirados por Dios. Vivir cada día bajo esa mirada. Descansar en ella y dejarnos sostener por ella. Cuando el alma llega a esa experiencia, desaparecen muchos miedos. Ya no necesita justificarse continuamente, ni demostrar su valor, ni buscar sin descanso la aprobación de los demás. Le basta una sola cosa: saberse conocida y amada por Dios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario